lunes, 9 de julio de 2007

Madre e hijo



Foto del 7 de Julio de 2007, dos días antes de la famosa caída de nieve en Buenos Aires. La última vez que cayó nieve por estos pagos fue el 22 de junio 1918, en el año del nacimiento de la abuela Teresa (en la foto de abajo).


Recuerdos de viaje (9)

CAPÍTULO 9: TURISMO EN LOS PIRINEOS

Después de contornear la ruta por infinidad de recodos, llegamos a “Gavarni” donde se mira el grandioso circo natural, que encierra en su inmenso caos, un hermoso lago.
La nieve perdura allí también, guardando sigilo: solamente la pureza de su manto y desprendiéndose lentamente de su materia compacta, para formar hilos blancos que van a tejer a lo largo de los valles, una capa azulada y cristalina.
Con las fuerzas algo consumida por la trayectoria de la víspera y no abreviándonos a cruzar la llanura que nos lleva hasta el lago, nos contentamos con mirar al “Circo de Gavarni” de lejos, cuyo armonioso conjundo saboreábamos con la vista.
Al tomar el amino de regreso los pálidos reflejos del sol, daban a los montes un tinte rojizo que poco a poco tornábase violáceo, hasta extenderse una mancha oscura y más tarde negra...
¡Con qué pena iba yo a dejar esas montañas para volver a Buenos Aires! Llevaría a mi patria lejana el dulce recuerdo de sus misterios; retumbaría en mis oídos el eterno ruido de sus cascadas bruscas, llevaría en mis ojos la visión de sus lagos quietos y transparentes, de sus puentes de ladrillo y de piedra, majestuosamente elevados entre dos montañas pintorescas, bajo las cuales la blanca espuma de los ríos correntosos, tropieza con los peñascos.
Al llegar la noche las calles de Cauterets se vuelven desiertas y silenciosas, solo el casino presta a los veraneantes sus salas iluminadas; en más, la gente va a tentar suerte en el juego, otras sirven de teatro o de cine. Paseábamos por la plaza, que tiene a un lado el casino y del otro “las arcadas”, veíamos cada noche las mismas caras, de turistas entusiastas o de jóvenes animados, que venían a disfrutar de la vida calma y divertida de este pueblo.
Cuando el sol volvía a bajar para el oeste y el calor atenuaba sus ardores, caminábamos hasta la “Fruitiere”, tomando antes el trencito que nos dejó en “La Raillere”. El camino es casi siempre llano y sombreado; el follaje de los árboles, bajo y espeso, nos tributaba su sombra bienhechora y soportábamos el calor, pues seguíamos el sendero que corre junto al río.
En mi álbum de viaje donde se hallan coleccionadas las fotografías de los Pirineos, experimento vivo placer cuando las vuelvo a mirar y de nuevo me acuerdo, lo que nos costó instalarnos sobre un tronco de árbol caído sobre la corriente, para aparecer en esta peligrosa situación, como pájaros posados sobre una rama, mirando dibujarse nuestra sombra en las ondas corredizas del río.
El valle de la “Fruitiere” es para mí el más plácido y el más pintoresco de esa región. Aquel día la caza comenzaba y mientras saboreábamos algunos panqueques en la Hostería, veíamos llegar algunos cazadores, que parecían venir de muy lejos, cansados por el árido camino que tenían que recorrer, llevando sobre sus hombros el animal peculiar de esos pagos montañosos: el “chamois”.
En medio de este valle, un río se desliza con prontitud y costeándolo se llega al lago “d’Estam”.
Sintiéndome con pocas fuerzas para caminar me quedé con nuestros padres, mientras mis compañeros se elejaban con la esperanza de llegar hasta el famoso lago; pero solo caminaron hasta la mitad de la ruta...
Pasaron unos días, llenos de sol y de alegría, que llenábamos con largas caminatas. El calor era sofocante cuando volvimos una tarde a Lourdes, para despedirnos de unos amigos. En aquellas horas parecía que había más gente. Esto se explicó cuando me dijeron que aquellos días tenía lugar una grandiosa procesión. Un número considerable de camillas se alineaba en torno al atrio para recibir la bendición del Señor. A pesar del vaivén continuo de los peregrinos, todo estaba organizado con orden y miraba yo de arriba esa larga fila de creyentes, seguir lentamente la procesión, con devoción y confianza, manifestando sus sentimientos íntimos con hermosos cánticos religiosos. ¡Qué daróa yo para ver ese cortejo de noche, cuando los fieles cantas las alabanzas de Dios, sosteniendo una antorcha en la mano!
En aquella orbe había extranjeros y gentes de lejanas ciudades francesas, venidos para implorar la paz universal, y pensé que esta peregrinación era adecuada para el momento, cuando tantas personas morían en España. Aquel día era esplendoroso, ninguna nube surcaba el cielo. Las altas montañas se perfilaban lúcidamente sobre un azul puro.
Al subir desde Pierrefite nos divertimos en contar los recodos que había hasta Cauterets, eran 55; para mí más contornos hay en la ruta, más me alegra, pues detrás de cada uno hay la sorpresa de un nuevo paisaje, lleno de indescriptibles bellezas.
Cuando el sol declinaba lentamente, entré a la capillita de Cauterets; todos rezaban y todo estaba silencioso y semi-oscuro. Hay allí una estatua de la famosa Bernadette Soubirous, la santa más conocida en estos parajes, gracias a la cual pude contemplar muchas veces, la elegante catedral y la larga procesión de fieles, entonando cánticos puros a María Inmaculada.
Al día siguiente el calor era el mismo, el cielo tan claro y límpido. Aprovechando esa hermosa claridad y siempre con ansias de visitar nuevos lugares, en aquella tierra privilegiada por la Naturaleza, decidimos ascender el “Pic du Pibeste” de 1.400 metros de altura, pero esta vez en “Teléphérique”.
Otro panorama esplendoroso se presentó desde lo alto de esa cumbre, imposible de imaginárselo. Era tal vez más grandioso, que aquel último que nos dio a conocer la ascensión al “Pic du Ger”. Toda la cadena de los Pirineos, se extendía a nuestra vista; dominábamos todos los valles de esa región. Yo no sabía para qué lado mirar, todo era magnífico... y... el calor menos pesado. La montaña del Pibeste está cubierta de árboles, cosa que no sucede en los montes vecinos, donde las plantas van desapareciendo a medida que se sube. Aquellos espesos bosques que llegaban hasta la cima nos prodigaban su sombra refrescante. Por primera vez viajaba en “teléphérique” y este paseo en el cual me hallaba suspendida en los aires, me pareció maravilloso. Al llegar a la cima apercibimos aquel cuadro deleitable, donde todo era pequeño, tranquilo y extensivo. Divisamos Lourdes, Carbes y el pequeño pueblo de Vidalós.
La magnífica serenidad de aquellas tierras, bañadas de sol y de sombras, surcadas por arroyos azulados, cuyas aguas corrían velozmente en su cauce, daba una sublime impresión de grandeza.
El calor comenzaba a subir, y no pudiendo soportarlo, bajamos. Llegamos a “Argelés” para saborear un refresco en el suntuoso parque de su casino.
Una tarde subimos hasta la “Reine Hortense”; el cielo extendía su velo azul, sin huella de una nube. Esta caminata en la montaña nos pareció poca cosa comparándola con la ascensión del “Monte Cabalirós”, sin embargo andaba yo con pena y al llegar estaba exhausta. Llegamos arriba, admiramos de nuevo el valle de “Cauterets” pero desde otro punto de vista. Las montañas de enfrente son prodigiosas en bosques. Una raya blanquecina indicaba la ruta del “Mamelón Vert” que habíamos efectuado en la mañana, subiendo a la Raillere.
Mientras conversábamos con una señora, que se encontraba allí con su hija, al mismo tiempo mirábamos la luz del sol palidecer, oímos unos gritos de hombre, y al rato un buen paisano salió e la granja y alzando los brazos al cielo se puso a correr detrás de una mula que galopaba a toda prisa, a través de los prados, y brincando con toda su agilidad. El pobre hombre corría cada vez más ligero queriendo alcanzarla y la llamaba con toda clase de imprecaciones. Por fin la “Mignome”, como se llamaba, decidió obedecer y entró de nuevo en el establo. Este incidente nos hizo reir un buen rato y después de guardar nuestras labores, fuimos a acariciar a Mignome, que asomaba su buena cara por la ventanilla de la granja, jadeante de sudor y de cansancio.
Al bajar nos equivocamos de camino y nos encontramos perdidas. Sin embargo para llegar a Cauterets, hay un solo camino: bajar siempre... Así lo hicimos y anduvimos cruzando arroyuelos, saltando cercos, subiendo montículos de avena, hasta que por fin llegamos, pero con cierto susto pintado en el rostro, pues a pocos pasos, habíamos visto una enorme vaca correr muy ligero hacia nosotras...
Cuando la noche hubo llegado, fuimos de compras en “las arcadas” y encontramos una golosina muy rara en Francia y muy peculiar en la República Argentina, el dulce de leche.
En aquella época iban a comenzar las tradicionales fiestas de país vasco y para empezar anunciaron que aquella noche, iba a tener lugar “el toro de fuego”. Ajena a estas costumbres esperaba con impaciencia qué podía ser. La gente se amontonaba en la plazoleta y el cielo hermoso estaba cubierto de estrellas.
Por fin, un juego de artificio, lanzado desde una estrada, anunció la entrada del “toro” y vimos un inmenso animal de carbón, sostenido por dos hombres, que echaba magníficas chispas, por las patas, por los cuernos, por los ojos. Eran sencillamente otros fuegos artificiales, instalados sobre el animal de carbón, y al recorrer la plaza, estallaban en llamaradas de colores diversos, produciendo un hermoso efecto de luces. Solo era esto el anuncio de los bailes vascos, que iban a efectuarse más adelante.
Después de esa corta representación al aire libre fuimos a conciliar el sueño.
A la mañana me entretuve en leer las noticias del país fronterizo y notaba que cada vez eran peores. Había estallado en Irán una horrenda batalla que duró desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche. Cuando pensé que de las pocas personas que habíamos visto llegar en la frontera, acudían ahora en número de 500, escapando a la barbarie de los rebeldes, me di cuenta del peligro que corrían esos pobres emigrados y de la suerte que esperaban los que quedaban en España. No estaría yo en esos momentos como la otra vez, mirando las columnas de humo que aparecían por detrás de las montañas... ¡cómo compadecía a nuestros pobres vecinos!
Terminé de leer el diario y fui a consolarme de las malas nuevas con el aire puro de la montaña y con la visión de todas las bellezas que me rodeaban.
¿A dónde podríamos ir a la tarde? Consultamos el “Guide Michelin” y notamos que a 13 Kms. de Cuterets, se hallaba el pueblito de “Barreges” situado a 1.200 metros de altitud. No viendo otro lugar más cercano para pasar la tarde, salimos para Barreges. A pesar de hallarse muy alto, es más arrinconado que Cauterets, su aspecto más encerrado y más monótono. Había allí poca gente, o... ésta no se dejaba ver. Instalados a la sombra de un gran parque, pasamos la tarde tejiendo y almacenando aire de los alturas de los Pirineos.
También esa noche había fiesta en Cuterets. Iban a ejecutarse algunos bailes típicos del país, y por la calle encontramos algunas muchachas vestidas con los trajes regionales. Estas jóvenes van formando ronda y bailan en la plaza y en las calles, al compás de peculiares instrumentos de música; son todos ellos muy alegres y conocen muy bien los pasos de sus danzas.
Desgraciadamente no pudimos observarlos bien, pues la gente muy numerosa, se agolpaba en derredor de los bailarines que formaban una vistosa cadena en medio de la muchedumbre que también quería tomar parte del regocijo de aquéllos.
Sin embargo pude apreciar no sin esfuerzos aquellas pintorescas danzas locales.
Hacía tiempo que mi hermana y yo abrigábamos el deseo de subir al “Pic du Midi” cuya altura oscila entre los 2.800 metros. En este monte, cosa única en Europa, el automóvil puede subir hasta su cima, por consiguiente es el camino más alto que existe. Sin embargo para subir la cumbre de esta hermosa montaña, reina de los Pirineos, hay que escalar un gran trecho de cuesta, abrupta y empinada para los caminantes.
Contentas ambas de poder emprender esta excursión, corrimos a la agencia de turismo para reservar dos asientos, en el “autocar” que partiría dentro de tres días.
A la mañana siguiente, un hermoso rayo de sol iluminó mi cuarto y me alegré que el cielo fuera tan lindo.
A la tarde iba a tener lugar un partido de pelota vasca, que sería disputado por el campeón mundial del juego típico de esas regiones, llamado Urruty.
Cuando el sol pegaba de lleno, nos dirigimos al “frontón” de Cauterets, donde iban a jugar los candidatos de pelota vasca. Antes de empezar el partido tuvo lugar una serie de bailes vasquences, interpretados por 8 personajes, representando cada uno, las diferentes figuras del Carnaval de las 3 provincias: “le Béarn”, “le Bigorre”, “le Pays Basque”. Uno de entre ellos, soplaba sobre una especie de instrumento que tenía la forma de un órgano en miniatura, produciendo un silbido, que yo hasta entonces, nunca había oído. Al compás de esa musiquilla alegre y ligera, bailaban los compañeros ejecutando unos pasos muy curiosos, los cuales solicitaban una gran agilidad en las piernas. Nos recrearon con la danza de “Satanás”, interpretaron luego “Gavotte”, el “baile del vino” y después de recibir los merecidos aplausos del público, “les danseurs de la Soule”, como se llamaban, saludaron y se retiraron, mientras el bizarro instrumento de música seguía prorrumpiendo en sonidos agudos.
Por fin llegaron los campeones de la pelota vasca, frescos y sonrientes, recibiendo las simpatías del público. Urruty formaba con su compañero “Larrabure” el partido “azul”; “Gaby”, el campeón de Francia y su compañero, el partido “colorado”.
En la mano derecha tenían atada la “chistera” especie de canastilla larga y amarillenta teniendo la forma de una gran uña encorvada; y con ella golpeaban fuertemente la pelota, haciéndola rebotar sobre el inmenso frontón. Jugaban todos con una agilidad sorprendente y cuando ya la pelota parecía perderse al ras del suelo, se doblegaban prontamente y la pelota volvía a aparecer en el aire para golpearse rudamente sobre la pared.
A medida que jugaban con destreza y entusiasmo, el sol se hacía más débil y las sombras se alargaban sobre nosotros.
Este partido resultó muy interesante, porque fue muy disputado: ganaban los “colorados”: 14 puntos contra 7. Pronto ambos partidos se equilibraron y esta vez adelantaban los “azules”. Urruty fue muy agasajado; era verdaderamente un buen jugador y ejecutó unos golpes de chistera que demostraron su extraña habilidad.
Los “colorados” volvieron a avanzar, pero bien pronto los adversarios se hicieron duelos de la situación, y por fin ganaron los “azules”: 50 contra 39...
Aquel juego era completamente desconocido y a la verdad tuvo el don de agradarme mucho.
La multitud se dispersó lentamente mientras el crepúsculo se hacía más denso detrás de la montaña.
A la noche los nuevos juegos de artificio fueron prendidos en la plazoleta del Casino y uno de entre ellos que duró un buen rato, iluminaba unas inmensas letras que decían: “Vive le Payz Basque, le Bigorre et le Béarn”.
Cuando se apagaron las últimas llamaradas de los fuegos, nos fuimos acercando a la orquesta y oímos cantar a un vasco, las tradicionales canciones de los pastores de esas provincias Mientras entonaba esas canciones en el difícil lenguaje vascuense , interrumpía su canto, prorrumpiendo en gritos que los pastores emplean para llamar a sus ovejuelas.
La orquesta del casino interpretó el himno vasco, y este hermoso cántico me trajo en seguida a la memoria, la imagen del colegio “Euskal-Echea” donde todos los años cantábamos el “Guernikako arbola...” en el día de la distribución de los premios...
De nuevo el cielo amaneció esplendoroso y sereno, mientras el valle se llenaba de suaves aromas. Aquel día era domingo, el último de los festivales vascos y el más hermoso, para mis recuerdos del viaje d a Francia, un día inolvidable. Las altas cumbres de los Pirineos se elevan luminosas y claras, destacando sus inmensas siluetas en el fondo puro del cielo. En las cuestas verdosas se oían las esquilas de las vacas y las ovejas que pacían con una serenidad absoluta. El valle iba despertándose, la gente, a circular por las callejuelas.
Desde temprano veíamos los habitantes del “Pays Basque” del “Bigorre”, del “Béarn”, luciendo sus típicos trajes tradicionales, para la función de la tarde.
Me parecía haber retrocedido muchos años al contemplar en los vascos, sus famosos “gorros” de lana roja, sus amplios cinturones enrollados varias veces en la cintura, sus toscas chaquetas de dril y sus medias de lana blanca.
Cuando el sol pegaba fuerte nos encaminamos al “teatro de la Naturaleza”. La multitud de gente se dirigía hacia aquel lugar encantador, donde la naturaleza misma se había encargado de construir los telones. ¡Cuadro mejor no podía contemplarse! Un tapiz de césped verdoso, servía de tablas, hermosos árboles corpulentos de follaje maduro, proyectaban su inmensa sombra y mostraban sus nudosos troncos. El terreno ondulado iba formando más lomas que servían de bastidores a los actores, y esas lomas iban prolongándose en el fondo, extendiéndose hasta perderse lejos, en un macizo de árboles. Sobre aquel escenario, el cielo azul y sereno... Muchas personas venían de “Argelés”, de Lourdes, de “Saint Sauneur” para ver el maravilloso espectáculo que iba a tener lugar esa tarde, presentado bajo el nombre de : “Les 3 berrets” (los tres gorros). Aun llegaba gente de “Biarritz” para presenciar la obra, en aquel cuadro pintoresco y alegre del teatro de “la nature”. La armonía del conjunto era indescriptible y sería imposible relatar aquellas escenas coloridas y alegres, tan bien presentadas, que contaron toda la historia de los vascos, en sus canciones, en sus trajes, en sus poesías, en sus bailes...
Aquel fondo verde de los Pirineos, donde se veían vistosos colores de fiestas vascas, donde aparecían por los lados más escondidos de las lomas y de los árboles, figuras del conjunto que se habían dispersado lentamente por el tapiz de césped, aquel rincón de montaña se mostraba bellísimo y risueño, presto a desplegar toda su hermosura para dar un lindo escenario a la historia de aquellas tierras benditas, que los Pirineos presenciaron a través de los años, escondiendo tras sus añejos montes el secreto y el encanto de su sabor.
La historia de “los 3 gorros” consistía en el sueño de un joven, que se durmió leyendo un libro titulado “le Bigorre, le Béarn et le Pays Basque”. A medida que conciliaba su reposo, apoyando sus rubios cabellos sobre una piedra, los personajes célebres que habían visitado nuestros “Pirineos”, aparecían unos tras otros, representando las escenas que los caracterizaron. Así fue que vimos desfilar a Luís XIV, Rossini, la Reina Hortensia, el poeta Chateaubriand, Luís XI, Alfred de Viguy, Pierre Loti, sin olvidar la humilde Berdadette Soubirous, que vivió y murió en el país vasco.
La orquesta acompañaba los cantos y los bailes. Una voz entonó el “Ave María” de Schubert, mientras comenzaba la historia de Berdadette, vestida con su traje pobrísimo y cubierta de un velo blanco. Aquel canto se elevaba puro y claro en ese jardín encantador, parecía unir el cielo y yo me cría transportada en un paraíso de delicias donde la música deleitaba el oído y la dulce visión de la naturaleza embriaga el alma.
De nuevo apareció con los bailes aquel pequeño silbido, agudo y extraño que acompaña los saltos ágiles de los paisanos vascos, y ya me era una música muy familiar...
Cuando aquella alegre fiesta tocó a su fin, el público entero aplaudía y reclamaba la presencia del autor sobre el escenario. Por fin apareció el duelo de “los 3 gorros”, un muchacho joven vestido de vasco, que se encontraba entre el grupo numeroso de los figurantes, y la ovación fue más entusiasta.
Regresamos al hotel mientras el día declinaba suavemente. Tomamos un pequeño sendero que corría entre los árboles y mientras cabíamos los comentarios de la fiesta, el sol incendiaba el horizonte detrás del follaje del camino y subía hasta nosotros, un fresco olor a hierbas...
<<¡Qué hermoso está el día! Hoy, mi hermana y yo subimos al Pic du Midi” >>. Con este alegre pensamiento me desperté temprano, y al cabo de un rato, nos encontrábamos ambas, en la plazoleta de Cauterets. Ni una nubecilla vino a turbar la placidez del hermoso cielo; todo era encantador: el paisaje, la ruta y la naturaleza.
Nuestra primera parada fue en el “Tour Malet” y desde aquel punto podíamos ver una gran parte de la cadena de los Pirineos, pero no ya la bordeada de grandes llanuras, como en la región de Lourdes, sino en pleno macizo, donde los valles son estrechísimos y donde las crestas son finas y altas.
El camino se hacía cada vez más estrecho y lo bordeaban grandes precipicios; en algunas partes, para trazar el camino, habían cortado grandes bloques de nieve y el “autocar” apenas podía pasar por entre aquellas paredes de hielo. El camino era muy sinuoso y mientras avanzábamos, veíamos en la montaña vecina, que acabábamos de dejar una grieta horizontal muy fina, como si hubiéramos pasado la punta de un cuchillo sobre un montículo de arena.
Llegamos a la hostería del “Pic du Midi” alrededor de la cual se extiende una pequeña meseta. Allí se pararon los autos y nosotras nos dirigimos por un pequeño sendero hasta el famoso “observatorio” que se encuentra en la meta.
Allí no hay más sombra, un camino abrupto y unas rocas diseminadas. Estábamos obligadas a permanecer al sol. Felizmente soplaba una brisa liviana que tenía un fondo helado....
Sobre la tierra, nunca habíamos almorzado tan alto... Me sentía completamente dueña de las montañas; ninguna nos sobrepasaba. Nos cubrimos la cabeza con nuestros pañuelos, y sentadas sobre una piedra, como dos pájaros que viven en las cumbres, desplegamos nuestra merienda, ante el más bello de los panoramas.
A nuestros pies se dispersaba la gran cadena de los Pirineos cuyas cimas eran plateadas y los valles inundados de sol. Nos hallábamos a 2.877 metros de altitud... dominábamos ese inmenso pedazo de tierra que el capricho de la naturaleza había transformado en una serie de bruscos plegamientos.
De nuevo vimos el “Vignemale”, coronado de nieve, el “Monte Perdido” y otros picos que son reyes de los Pirineos, pero bajo otro aspecto más imponente.
El cielo permanecía límpido, el aire corría más fresco. Caminamos hasta la “mesa de orientación” del observatorio y después de saciarnos de tantas bellezas, de tanta placidez y aire, resolvimos bajas la pequeña cuesta para prepararnos a partir. El calor del sol era más suave al bajas las inmensas montañas, podíamos mirar mejor la ruta empolvada y sinuosa, porque los rayos del sol rozaban el camino más débilmente. Nos paramos un momento en “Suz”; el tiempo de visitar la vieja iglesia de ese pueblito pintoresco.
Esta vez, los Pirineos me parecían más bellos que nunca, más grandiosos que de costumbre. Comprendí cuánta belleza puso Dios sobre la tierra y cuántas hay que nosotros no podemos espiar...
<<¡Qué suerte, prosigue el buen tiempo...!>> Aquella tarde fuimos a Lourdes.
Estaba más populosa que nunca. Seguían las procesiones alrededor de la gruta y de la Basílica. Ese día los enfermos eran muy numerosos y al examinarlos de cerca se me hinchaba el corazón de tristeza. Entre ellos había tres religiosos, y al verlos extendidos en sus camillas, pálidos, tan jóvenes en sus sotanas negras, el rostro sin color y los miembros sin carne, me daba aun más compasión. Unos enfermos, más que otros, me llamaron la atención por la expresión profunda de dolor que delataban. En primera fila entre las sillas corredizas que tacaban casi la gruta, vi una hermana joven y hermosa, cuyo hábito debía pertenecer a las dominicanas, pero muy pálida y transparente en su ropaje obscuro, su cara silenciosa y enfermiza me llegó hasta el alma.
Al acercarme a las piscinas de la gruta, unos tras otros los enfermos salían o entraban, con la esperanza todos, de sanar en aquellas aguas benditas.
Cada 10 minutos llegaban “autocars” cargados de enfermos, y al emprender por última vez ese hermoso camino del Calvario, para orar en cada grupo de la Pasión, impasibles y bien esculpidos, ofrecí todas las plegarias para aquella masa de infelices y... no me imaginé que hubiera tanta miseria humana sobre la tierra...
Salimos de Lourdes llenas las manos de recuerdos de Nuestra Señora y de Bernardita.
<> Con estas expresiones que ya denotaban una cierta nostalgia del país, mi hermana y yo nos encaminamos a la “ferme basque”. El sendero que subre está sombreado por el follaje de los árboles y solo nos detuvimos una o dos veces para tomar aliento y para mirar hacia atrás el trecho que habíamos caminado, en la pared boscosa de la montaña.
Nuestras piernas estaban ya acostumbradas a cualquier ascensión, ¡habíamos practicado tanto el alpinismo en esas bellas regiones onduladas e irregulares...! Nos sentamos frente al panorama de Cauterets, como para mirarlo una vez más, allá, encajado entre dos majestuosas montañas y llevar en el recuerdo su imagen tal como la contemplábamos desde la “ferme bsque” donde divisábamos con alegría, los sitios que nos eran familiares, el hotel, la iglesia, el Casino y su plazoleta, los “Neothermes” y la estación. Parecía una maqueta construida con vivos colores, en medio de la cual corres las impetuosas aguas del “Gave”. Mientras nuestro pueblito en miniatura iba palideciendo tras las brumas del anochecer, dejamos nuestras labores y bajamos el delicioso caminito, bañado en la sombra del follaje, que ahora se hacía más espesa y más fresca.
Durante el trayecto nos amigamos de un anciano que conducía de la mano a su nietito; el pibe era de los más simpáticos; había nacido en Madagascar y venía a Cauterets para la cura. Nos ofrecieron caramelos y los cuatro volvimos a proseguir la ruta, conversando alegremente. Todas las maletas estaban de nuevo metidas en el coche, y mientras saludábamos por última vez las montañas de los Pirineos que despejaban su sombra, iluminando sus enhiestas paredes con el sol de la mañana, la “Pelirroja” seguía su camino lleno de recodos que tan bien conocía, y después de cruzar “Pierrefite”, emprendió la ruta que conduce a Lourdes, a Pau y a Villenueve, dejando atrás el macizo montañoso, la exuberante vegetación de sus valles y el ruido perenne de sus cascadas bruscas.
El alegre país vasco se cerró delante de nosotros mientras llevaba yo un feliz y dulce recuerdo de aquella región encantadoraTeresa Lecroq, 1936.
Teresa Lecroq, 1936.

domingo, 8 de julio de 2007

Recuerdos de viaje (8)

CAPÍTULO 8: CIRCUITO EN EL PAÍS VASCO

Habíamos resuelto abandonar nuestros pintorescos rincones de “Cauterets” para echar una ojeada en las regiones circundantes; para no tener el remordimiento de haber estado cerca de la hermosa costa vasca y no haber visto el encanto y la luminosidad de su suelo.
Tomamos la ruta de Lourdes y cruzamos los hermosos parajes de “Pau” donde el sol iluminaba la cachada de los blancos “chalets” de verdes postigos, coquetamente arreglados que devolvían la imagen del paisaje más dulce y más risueño.
La ciudad de “Pau” nos mostró un edificio histórico guardado escrupulosamente y que es el castillo de Enrique IV, el cual eleva sus muros centenarios, en medio de las otras viejas viviendas.
El auto que nos llevaba, corría por la carretera donde se reflejaba el hermoso sol de agosto, y a medida que cruzábamos los campos sembrados de viñedos, me parecía sentir todo el sabor y comprender toda la belleza de esas regiones meridionales.
Bajamos en la coqueta ciudad de “Bayonne”. El sol comenzaba a eclipsarse suavemente y parece que llegamos cuando reinaba en las calles un inusitado movimiento, el vaivén de la gente que se apresura en las tiendas, que pasa y vuelve a pasar para curiosear las vidrieras y mezclarse en esa fiebre de la ciudad.
Las flechas rectilíneas de la suntuosa catedral bayonense, sobrepasan los techos de las casas antiguas y parecían tocar la nave azulada y pálida del cielo.
Al emprender nuevamente el viaje no podía impedirme de prorrumpir en exclamaciones de admiración y de júbilo al ver las casitas vascas que surgían en el paisaje, con sus techos muy rojos, inclinados desmesuradamente de un lado, con sus paredes muy blancas, sus ventanas muy verdes, ornadas de geranios; todas ellas poblando alegremente esa región, ya hermosa por sí sola, envuelta en la lozana frescura de sus campiñas y de sus montañas bajas, que el sol del atardecer daba a sus flancos un color dorado.
A medida que nos acercábamos al mar, aumentaban los “chalets” y crecía el movimiento. Saint-Yean-de-Luz se mostró a nosotroscuando el día declinaba imperceptiblemente a través de un lienzo rojizo, que el sol del crepúsculo teñía, a medida que sus rayos se hacías más débiles...
Esa época era terrible para los cielos de España, que oían sin cesar el ruido lúgubre del cañón, que parecía decir a los vecinos franceses, cuán más decididos estaban a la guerra civil, a esa lucha sangrienta y brutal entre hermanos de un mismo país. Y precisamente en Saint-Jean-de-Luz era en parte, el teatro de sus acciones, que por mar y por tierra, aterran a los habitantes del típico país vasco, tan acostumbrado a la pacífica vida de sus montañas.
A 13 Kms. de esa ciudad se halla “Hendaye”, situada en la frontera, mirando a “Irún”, puestas a sangre y fuego, en esos precisos días de nuestras “exploraciones” en los bajos Pirineos. Pero había tal vez muchas más extranjeros que venían para curiosear y mirar de cerca el aspecto que tomaba los ataques españoles. Provistos de larga-vistas trataban de seguir el movimiento de las operaciones militares, al mismo tiempo que disfrutaban de la brisa cálida de la playa.
El magnífico hotel de “Eskualduna” nos abrió sus puertas para pasar la noche, y al día siguiente nos apresuramos en ir hasta la frontera, atraídos todos por el ruido de los cañonazos, que parecían venir de San Sebastián. A pesar de ser esto una distracción para nosotros, los veraneantes, aquel espectáculo que presenciábamos desde la línea fronteriza, era sumamente triste. Oíamos el estruendo que nos hacía sobresaltar, y luego se dibujaban claramente más columnas de humo blanco, que salían de la montaña, delante de la cual se extiende “Irún”. Las detonaciones se repetían a menudo y yo pensaba que cada una de ellas significaba la muerte para algunos hombres que caían en aquellos momentos, bajo la bala enemiga.
Los emigrados mientras tanto iban llegando; mujeres tristes y cansadas, sosteniendo con un brazo sus chicuelos, y con el otro empujando unos carritos llenos de valijas, de muebles y de chicos también... En esa desventurada ciudad de Irún habían cortado los hilos de la electricidad, y lo que es peor habían privado a sus habitantes, de agua. Éstos, naturalmente bebían agua de los pozos y como es de pensar caían enfermos y venían a refugiarse en tierra francesa que los acogía con benevolencia.
Mientras nos alejábamos de aquel sitio, con penas profundas en el alma, y subíamos la cuesta francesa camino de “Saint-Jean-de-luz, apercibimos un barco en el vasto golfo de Biscaya que hacía fuego sobre San Sebastián. Después de ver la luz rojiza que partía del navío, contamos cuántos segundos tardaría en producirse la detonación. Eran 60 segundos: calculamos que el buque se hallaba a unos 30 Kms. de la costa.
Solo unas nubes blanquecinas flotaban en el aire, el sol prestaba sus más tibios rayos a la tierra hermosa del país vasco. Llegamos por segunda vez a “Saint-Jean-de-Luz cuando más intenso era el movimiento en esa playa, cuando más gente había, ebrios los veraneantes de aire, de sol y de mar. La extensión de las arenas de esta playa es pequeña, y la gente se agrupaba cada vez más, formando un verdadero hormiguero humano.
De nuevo nos alistamos en el coche para seguir el recorrido a través de las campiñas vascongadas y detenernos en los más hermosos parajes.
Nos dirigimos a “Anglet” con el objeto de visitar el pintoresco convento de las “Sierras de María” que posee una casa de caridad, llamada “Notre Dame du Refuge”.
El terreno es allí arenoso y el vasto jardín en el medio del cual se eleva la casa madre, se halla sembrado de pinos y plantas meridionales. El parque se extiende unas cuantas leguas, y en aquel recinto silencioso y desnudo reinaba la profunda paz de la tarde, interrumpida por el sonido lento de las campanas que clamaban desde lo alto de la capilla, anunciando las horas de oración y trabajo.
La blanca fachada del convento parecía dormitar en el parque y de lejos apercibimos sus muros de piedra disimulado en el verde follaje de los árboles corpulentos. El auto penetró resueltamente en la ancha avenida que conduce a las puertas del colegio.
Una joven hermana apareció en el umbral y después de saludarnos amablemente, nos invitó a pasar; con ella visitamos esa morada santa y a medida que entrábamos en las habitaciones nos daba a conocer el género de vida que llevaban las monjitas y cómo vivían las alumnas, recogidas por caridad.
Entre las hermanas me encontré con rostros conocidos, pues algunas de ellas habían pasado su vida de apostolado en mi colegio de la calle Sarandí.
Mientras caminábamos por los senderos escondidos del parque, una de ellas me hablaba en castellano y pudimos ambas, rememorar el recuerdo de las compañeras ausentes.
La hermana Louise Joseph, joven y hermosa en su hábito severo, nos indicaba el camino y nos enteraba de las menudencias del reglamento. Otras monjitas, una de entre ellas muy viejita, nos seguían a paso lento y como sintiéndose orgullosas de mostrarnos la magnífica morada donde vivían.
Mientras conversábamos llegamos al convento de las “Bernardinas”, almas austeras que ingresan a ese lugar de soledad, para dejar el uso de la palabra y consagrarse a la plácida vida del campo, donde oran y donde meditan.
En efecto, estas hermanas nunca hablan; se dedican al cultivo de las flores, de los campos, y al trabajo de los bordados.
El monasterio donde moran, es una construcción baja, revestida de cal y rodeada de flores, donde las monjas penetran por una ancha puerta siempre acogedora, siempre abierta a los visitantes.
El comedor se compone de dos largas mesas de madera, provistas de bancos, igualmente de madera, y el suelo está cubierto enteramente de arena, de modo que en aquellos aposentos reina el más completo silencio. Solo una cruz orna la pared desnuda y blanquecina. Las celdas vacías y austeras: una cama sencilla, una silla rústica, una gran cruz negra sin Cristo.
El cementerio de las Bernardinas situado a unas cuantas cuadras del convento, nos llamó la atención por la rareza de su aspecto: las tumbas son pequeños montículos de tierra, sobre los cuales han arreglado una cruz, con grandes conchas blancas. Nos arrodillamos breves instantes sobre la hermosa tumba del fundador y emprendimos el regreso hacia el “Refuge”.
Al volver, pasando delante de una huerta, apercibimos tres solitarias de San Bernardo, que rezaban en alta voz. Me detuve un momento para inspeccionar sus hábitos: un velo negro sobre el cual se dibuja una cruz blanca, deja apenas entrever la cara; el traje es blanco y llevan por encima un delantal para el trabajo; entre sus manos semi-escondidas, pendía un gran rosario negro.
El “Refugio” recibe penitentes, niñas jóvenes, mujeres de toda edad y de toda condición que vienen a ofrecer a Dios una vida de expiación y sacrificio.
La región de Anglet se extiende muy cerca de las famosas “laudas” que corren a lo largo de la costa “d’Argent”, mecidas por el canto de los extraños pájaros que pueblan sus árboles y por el rumor del viento que trae en sus remolinos, la arena tostada de las playas.
Regrasanto pasamos por “Saint-Jean-Pied-de Port” y al cruzar esta ciudad rápidamente, me pareció que era muy pintoresca y alegre. Mientras avanzábamos hacia “Mauleon”, el sol moribundo del atardecer iluminaba suavemente la ruta. El camino subía cuestas empinadas y no tardamos en cruzar unos estrechos desfiladeros. De pronto unas espesas nubes nos rodearon enteramente, impidiéndonos ver la ruta a pocos metros de distancia. Este cruce era peligroso y tratábamos de fijar con la mirada aquella neblina blanca que invadía las colinas y cegaba la vista para discernir el camino.
Detrás de esa cortina nebulosa, adivinaba yo el cuadro pintoresco y suave, que ciertamente había de ofrecer en aquel momento, los bajos Pirineos que ya comenzaban a ser Altos; y a pesar de querer agujerear la pared blanca que se obstinaba en levantarse frente a nosotros, para mirar lo que había atrás, no tuve menos que resignarme como los otros, en permanecer quieta y esperar que el tiempo se esclareciera.
“Mauleon” es una antigua y típica ciudad; sus hoteles son más bien rudimentarios. Después de pasar la noche allí, emprendimos muy temprano el camino para “Cauterets”; pero antes de volver a nuestra ciudad de veraneo, bajamos en la hermosa Lourdes, que en aquel momento el sol de mediodía acariciaba fuertemente. El calor se hacía sentir con cierta pesadez, pero yo, en cualquier momento, estaba dispuesta de volver a contemplar Lourdes y a su magnífica basílica rodeada de la muchedumbre de los cristianos.
La catedral se eleva majestuosamente en medio de las casitas de techos rojos y entre el follaje luminoso de los árboles. Su estilo es particularmente bello. Me llamó la atención en el interior, las grandes estampas colocadas en los altares circundantes, hechas de mosaicos de todos colores.
En aquellos días, numerosos peregrinos, venidos de todas partes de Francia, se unían para solicitar ante los altares de la Reina de los Cielos, la “paz universal” Llegamos pues, cuando más animada estaba Lourdes, la ciudad de los milagros y las procesiones solemnes. Estas circunstancias hicieron que hayamos vistos algunos cuadros lamentables pero hermosos, capaces de conmover al corazón más indiferente: el espectáculo de los enfermos, recostados sobre sus camillas (o sobre sus sillas con ruedas) y conducidos por almas voluntarias, a través de la multitud, era profundamente triste y, sin embargo, veíamos animarse esos rostros lívidos y demacrados por la enfermedad, de una gran confianza, seguros de que “Ella” los iba a sanar...!
Después de orar en la basílica, bebimos el agua purificadora de Lourdes, prendimos más velas en la famosa gruta de las apariciones de María Santísima, y subimos el “camino del Calvario”, abrupto y costoso, para rezar las catorce estaciones.
Mientras ascendíamos la cuesta ruda, el sol ardía con más fuerza, pero no dejábamos por eso de rezar ante cada grupo de la Pasión, en voz baja y fijando nuestra vista sobre los rostros expresivos y hermosos de las estatuas de bronce, que a lo largo del árido camino de piedras, representaban el Cristo coronado de espinas, María postrada por el dolor, las Santas mujeres cubiertas por velos orientales.
En Cauterets deseosos todos de aprovechar un día que el cielo había bendecido con el esplendor de su luz dorada, resolvimos cuanto antes partir de excursión a pie, subir la pendiente montañosa, hasta el “Camp Basque”.
En la montaña no se siente la pesadez del verano y a pesar de la hora cálida de aquel día, donde la tierra ardía bajo nuestros pies, soportamos fácilmente la atmósfera tibia donde soplaba una brisa liviana que venía moviendo suavemente los penachos de los árboles.
Llegamos a una granja rústica y pobre, pero situada en un lugar encantador; desde allí admiramos un magnífico panorama donde nuestro pueblo de Cauterets se hallaba encajonado entre dos grandes montañas lozanas y verdosas. En aquel preciso momento el sol iluminaba sus casitas blancas y veíamos el campanario de la iglesia brillar, como si hubiera sido de oro.
Los campesinos de aquella posada nos ofrecieron bebidas refrescantes que aceptamos con prontitud, y colocando nuestros pañuelos vascos sobre la cabeza para guarecernos del sol, nos instalamos sobre una pequeña loma para mirar y remirar aquel delicioso valle de los Pirineos en el fondo del cual dormita Cauterets, como mecida por el perenne murmullo de las aguas, que en ecos, llegaba hasta nosotros.
Mientras el sol bajaba detrás de los montes lejanos y cambiaba de tono las lomas luminosas de la montaña, descansábamos, embriagados por el aire sano y por la serena visión de aquella región inconmensurable.
Al bajar los senderos angostos, proyectábamos volver a emprender una ascensión en la montaña, pero no ya en un lugar cercano de Cauterets, sino hasta un pico.
Para eso saldríamos muy temprano del hotel, a las 6 hs. por ejemplo, y equipados, nosotros los jóvenes, con nuestras bolsas de montaña, nuestros bastones alpínicos, calzados con gruesos zapatos de clavos, saldríamos a recorrer las crestas de los Pirineos, y a buscar en aquellas regiones altas y desnudas, los rincones grandiosos que esconde el plegamiento pirineico.
Así lo hicimos, en efecto, y al día siguiente un hermoso sol de verano invadió los valles quietos, y vino bondadoso a acompañar nuestros pasos, prestos a subir 10 Kms. en montaña. Habíamos concebido la idea poco común de subir el “Monte Cabalirós” de 2.300 metros de altitud, desde 900 metros donde nos hallábamos. Pero elegimos mal la hora, pues el sol iba a dar de lleno, cuando estuviéramos ascendiendo la parte más abrupta, donde los árboles ya no existen, donde el sendero ya se pierde entre las hierbas. A las 7 hs. de la mañana nuestros pasos resueltos y sonoros, golpeaban el macadan de la gran ruta y pronto el ruido de los clavos se perdió en un recodo: ya empezábamos a subir.
La ida, lo confieso, fue muy dura: a medida que seguíamos la línea polvorienta del sendero, los árboles se hacían escasos y buscábamos sombra con ansiedad. Felizmente, las fuentes de límpidas aguas, corren por todas partes, y cuando habíamos andado veinte pasos, deseábamos correr el líquido fresco en el hueco de la mano y lo saboreábamos como si hubiera sido guardado en la heladera. ¡Cuántas veces nos sentamos al lado de las rumorosas cascadas y nos empapamos el cabello, la cara, las manos y humedecíamos los labios con sus aguas puras!
Para vigorizar nuestras fuerzas, comíamos en el trayecto pequeños terrones de azúcar y una vez nos vino la tentación de abrir nuestras bolsas para probar las uvas jugosas y exquisitas... nunca las habíamos encontrado tan ricas.
Mientras subíamos el panorama surgía cada vez más imponente; el instinto de nuestro deseo de gozar de la montaña, había elegido ese día tan hermoso y tan claro.
Los picos de los Pirineos eran ya más visibles y apercibimos el “Viguemale” el “Pie du Midi” el “Bigorre” manchados por la capa blanquecina de la nieve que nunca se derrite, ya que permanecen siempre en sus huecos, como para ofrecer a las llanuras durante el verano, la correinte fresca de sus aguas.
Todos subíamos con pena y sofocación. La pequeña posada del Cabalirós, no aparecía nunca, en el horizonte elevado. ¿Cuánto tiempo tardaríamos aun, para ver la casita? Yo estaba exhausta... y al ver un caminante, que descendía y venía hacia nosotros pensé que faltaría poco para llegar a la meta; pero este buen señor nos dijo que faltaba un buen cuarto de hora para llegar a la cima.
Un esfuerzo más, y ya estaríamos descansando...!
Me armé de un gran coraje, reconcentré las pocas fuerzas que me quedaban, y por fin, después de nuevas tentativas, apercibí la querida posada, y con la dicha, no sentí más el cansancio.
Entrar, instalarnos y beber un vaso de limonada, fue cosa de un segundo. Después de un corto rato habíamos recuperado las fuerzas, desplegábamos alegremente nuestras bolsas y comíamos con un apetito jamás visto.
Firmamos en el “libro de oro” del Monte Cabalirón, que guarda fielmente el nombre de los que lo escalaron; luego, pensamos que lo mejor sería hacer una siesta.
Nos recostamos en pleno sol, pues allí no había sombra, sobre el verde pastito, donde pacía una cabra.
Mientras dormíamos, o más bien descansábamos, (pues yo no podía cerrar los ojos sintiéndome rodeada de tanta belleza) una neblina invadió silenciosamente los valles y ya no se veía Cauterets y sus alrededores. La llanura de Pau situada en el lado opuesto desapareció tras la cortina impalpable de las nubes.
Nuestra siesta fue corta pues el sol quemaba. Estábamos inquietos, queríamos ver de nuevo lo que rodeaba el Monte Cabalirós y tener la dulce y embriagadora sensación de la altitud. No se el aspecto que presenta durante el invierno, pero en verano el verdor de las praderas donde pastas sosegadamente los rebaños de ovejas, contrasta con el color celeste pálido del cielo, donde desfilan más sosegadamente aun, algunas nubes blancas y lejanas.
En la estación fría, imagino ver este césped maduro cubierto por la blanquísima capa de la nieve, que va extendiéndose sobre las tierras lozanas, cubriendo los árboles, los techos rojos de las casitas, dando una impresión de grandeza.
A 100 metros de donde nos hallábamos, nos dijeron que había un gran charco de nieve. ¡Qué alegría de volver a contemplar la nieve, por poca que fuera! Corrimos sin tardar, y nos revolcamos en ella, como verdaderos chicuelos ebrios de placer. Palpamos aquella sustancia helada y dura, fregándonos las manos, el cuello y la cara, para tener más la seguridad que eso era nieve, agua de las montañas, solidificada durante el invierno.
Con una vieja tabla de madera habíamos hecho una “luge” y nos dejábamos arrastrar para mejor resbalar sobre sus suaves pendientes a fin de sentir mejor el frescor de sus entrañas.
Al regresar, las brumas nos habían invadido; y no veíamos a cuatro pasos. Nuestro delicioso paisaje se esfumó y el vacío luminoso se llenó de sombras blancuzcas y grisáceas que perduraron un buen rato; luego fueron despejándose lentamente, y cuando desaparecieron por completo, llegábamos al pie de la montaña.
Estábamos rendidos, pero nuestras piernas jóvenes y robustas recuperaron muy pronto su energía en tal forma, que a pesar de los 20 Kms. de “alpinismo” salimos después de la cena para ir al Casino de Cauterets. Este hermoso día, que ciertamente fue donde más caminé, se terminó con la representación de “Mireille” que nos trajo la visión de la patria de Frederic Mistral, el poeta de Provenza.
Teresa Lecroq, 1936.

jueves, 5 de julio de 2007

Recuerdos de viaje (7)


CAPÍTULO 7: VERANO EN LA MONTAÑA

El pequeño pueblo de “Pierrefite” nos anuncia que ahí termina la región baja y llana; desde ese punto empezamos a escalar las enhiestas pendientes de los Pirineos, cuyo irregular y caprichoso camino está lleno de vueltas angostas y cerradas.
El sol iba bajando tras los picos aun nevados de las montañas que nos rodeaban y la tonalidad de las plantas se volvía más violácea. El viento era liviano y sentíamos la frescura de la altura y la humedad de las cascadas que prorrumpían en sonoras quejas; aquel lamento que se deja oír eternamente en la placidez de las montañas, donde las gigantescas masas parecen ser dueñas absolutas.
Aquellas avalanchas incesantes de aguas puras y brillantes, inspiran al mismo tiempo una suave y terrible impresión de asombro, de terror, de grandeza; nos parece ser imposible que esas aguas caigan con tanta fuerza y estruendo, en medio del silencio encantador, en medio del silencio encantador de los valles.
El bienestar de la montaña es indescriptible; nuestro oído se acostumbra con delicia a ese canto monótono, triste y quejumbroso de la caída brusca del agua, a todos los ruidos extraños que nacen en las regiones vastas y semi salvajes de los montes; nuestros ojos se familiarizan con el dulce espectáculo de las curvas inmensas de cimas que se destacan en el cielo, con el cuadro radiante de la vegetación donde la mano del hombre esparció la nota alegre de algunos “chalets” y diseñó las líneas de las rutas sobre las cuestas suaves de las paredes montañosas.
En aquel rincón sublime de los Pirineos admiré belleza que no había nunca sospechado, y aquellos telones que el Dueño colocó sobre la tierra, me parecieron de una serena magnificencia y pasmosa grandiosidad.
Durante nuestra estadía raras veces llovió, y las montañas despuntaban con el esplendoroso sol, que tiñe las cimas blancas, de color rosado pálido e inunda con su bienhechora luz el ambiente plácidamente silencioso de los valles aun quietos y adormecidos.
Los días pasados en aquel lugar lleno de vida y de color, fueron para nosotros, habitantes acostumbrados a la vida turbia de las ciudades, un reposo lleno de diversiones. Esos días fueron soleados y la naturaleza verde de los Pirineos se desplegaba hermosa y diferente en cada punto que acudíamos, para curiosear sus rincones realmente misteriosos.
Esta tierra vasca, guarda en su seno aguas termales que van brotando del suelo para ofrecer su limpidez y calentura a los que sufren males en la garganta y en los bronquios.
Al salir a las calles de “Cantereto” me extrañé de ver tanta gente. El Casino es el centro de reunión; bajo las “arcadas” han instalado los vendedores sus tiendas, unas extienden a lo largo de los mostradores, las prendas típicas del país vasco: brazaletes, collares, porcelanas, telas y cuadros, todos estos objetos repujados, pintados, tejidos y fabricados en esta misma región.
Otras muestran una serie de exquisitos dulces que se preparan bajo la mirada del cliente, y hacen el manjar delicioso de los veraneantes; al lado se ve una casilla que sirve paras ejercitarse en tirar al blanco, más lejos tiendas de moda... y la gente viene y va, agitada, curiosa, despreocupada y feliz...
Las excursiones que emprendimos a través del plegamiento Pirineo, fueron bellísimas y solo quiero esbozarlas para que perduren en el recuerdo de este diario.
A “La Raillère” se asciende con un trencito “crémaillère”; y todas las mañanas me encaminé allí, donde se hallan los establecimientos termales, por la ruta cimentada, por donde suben los automóviles, o por el camino sinuoso y empedrado que sube la cuesta de la montaña.
Allá arriba las jóvesnes nos instalábamos a tejer, con el panorama divino ante los ojos, de un valle lozano y tranquilo que recibía el eco grave de las aguas, profundas y salpicadas.
Queriendo aprovechar el hermoso y resplandeciente día, decidimos efectuar la excursión al lago de “Gobe”. El auto solo sube hasta el “Pont d’ Espagne” encerrado casi entre paredes montañosas. Mirando desde lo alto de este puente, vemos unirse tres corrientes de agua que bajan bruscamente de la cima y se juntan en ruido estrepitoso. Aquel día el sol había formado sobre la espuma vaporosa de las cascadas, un brillante arco iris.
La naturaleza parecía más verdosa y exótica.
El único medio, pues, para llegar hasta el lago de “Gobe” es el de seguir camino a pie o montarnos sobre un burro. En este caso, preferimos nuestras piernas, jóvenes y robustas, y escalábamos con ánimo la cuesta pedregosa de un monte para luego bajar y dominar el hermoso lago, cuyas tranquilas aguas dormitaban sin murmullo.
Aquel montículo era muy árido para subir y a pesar de tener un bastón alpínico, en ciertos momentos deseaba yo verme cómodamente sentada sobre el recado de una mula. Nuestros esfuerzos fueron recompensados por el espectáculo de un dulce panorama, donde la capa azulada del lago, rompía el nítido color verde de un círculo de montañas.
Bajamos hasta los bordes del lago, y vi con extrañeza que se alzaba un pequeño monumento, sobre rocas avanzadas. Curiosa por saber lo que significaba, leí la inscripción o más bien el epitafio, porque era una tumba. Un joven matrimonio estando de viaje de bodas, quiso cruzar el lago en lancha, y al ser sorprendidos por una terrible tormenta en el cruce, perecieron ahogados; pues esta laguna en su apariencia serena y pacífica, al contacto del viento, forma con sus aguas, grandes remolinos que tragan sin piedad los cuerpos. Oí decir allí, que este paraje es peligroso en invierno pues se desencadenan tempestades muy a menudo, y empiezan entonces a caer con rapidez, grandes piedras colocadas en las cumbres, y ruedan con furor hasta los valles, estrellándose bruscamente. Los árboles pierden sus ramas y el cierzo rompe sus troncos con ruido siniestro.
Al terminarse el tema de esta conversación, vi con inquietud, que se asomaban gruesos nubarrones en el cielo, ya obscurecido, y es de pensar que con el recuerdo aun vivo, de las borrascas de invierno, emprendimos la retirada cuanto antes, no ya caminando y marchando a prisa, pero saltando los montículos de piedra y correindo con agitación. Felizmente llegamos abajo, en el “Pont d’ Espagne” sanos y salvos, pero las piernas doloridas...
Hay que escarpar las áridas cuestas de la montaña y llegar hasta la cima para conocer las excelsas bellezas que encierran los Pirineos. Asó lo resolvimos una tarde plácida y hermosa. El funiculario de “Pic du Ger” nos condujo hasta las sorprendentes alturas de ese pico accesible que se eleva a 1.100 metros. Al llegar a aquellas “regiones” casi aéreas, pude contemplar con admiración una vista abrumadoramente hermosa, llena de suaves encantos que penetraban hasta mi alma causándome una dulce emoción.
Allí me daba cuenta fácilmente del plegamiento que se forma en la tierra, de las sinuosidades en los terrenos que el capricho de la naturaleza ha surcado sobre la paz irregular de la tierra.
Me imaginaba hallarme en avión, planeando esas regiones, indescriptiblemente bellas, donde los pálidos rayos de un sol nublado, esparcían su luz incierta sobre los campos y sobre los valles. Desde allí divisaba la ciudad de “Lourdes” bañada por el “Gave”, que parecía dormitar plácidamente en aquel valle muy abierto, verde y lozanamente fresco, donde las agujas de la catedral, elevaban al cielo sus flechas agudas.
Más lejos se veía “Tarbes”, que ya iba perdiéndose en la capa gris de la lejanía y en el lado opuesto la ciudad de “Argelés”.
Permaneciendo un minuto en éxtasis, me parecía que los campos, los lagos, los ríos, los bosques, todo aquello que mis ojos dominaban, me comunicaban la serenidad y la paz de sus almas.
Todo era pequeñito, insignificante para nosotros y sentí al rato, el tener que volver en la llaneza de los valles y de las rutas, donde somos aun más pequeños que las cosas, que entonces nos rodeaban.
Abajo sentí la agitación de los domingos, el tráfico era incesante en las carreteras.
Había yo oído hablar de las famosas grutas de “Betharram” y deseaba un día, internarme en ellas, para ver de cerca las transformaciones y la obra del agua en las estalactitas, donde las gotas van poblando de misteriosas figuras, las regiones húmedas y silenciosas de esas galerías subterráneas.
Bajamos, pues, una tarde a aquellas grutas y llegamos a 80 metros bajo el nivel del mar. A medida que penetrábamos en sus obscuros corredores, la humedad era más intensa y más enigmáticas las figuras de la gruta. Esas extrañas siluetas, formaban la forma de una cabeza humana, de un cuerpo de elefante, y una silueta habíase incorporado la figura de una virgen, con el Niño Jesús en los brazos.
Penetramos en la sala “del infierno” grande y siniestra, y pensé que un espíritu imaginativo podía fácilmente representarse, innumerables rostros de diablillos, verse rodeado de llamas y entrever los rostros de los condenados... hacer como Dante, una visita a los infiernos. Siguiendo nuestro guía, entramos en la sala de “Las Hadas” y luego en el palacio de “las agujas”. Estos dos nombres han sido bien elegidos y, repito que siempre surge en nuestra imaginación, una variada galería de personajes, que la paciente gota de agua ha elaborado a su antojo, con la acción del tiempo, fabricados con arte y finísima precaución.
En aquellas profundas cuevas, donde se elevaba por encima una montaña de 800 metros, apercibimos un extenso lago, que medía 2 Kms. y que cruzamos en grandes canoas. En determinados lugares parecía que el cielo de la gruta nos iba a aplastar, y las paredes a estrechar sin piedad. Al desembarcar en la otra orilla, el cuadro era el mismo, y el trabajo milenario de las aguas filtradas, formaban pequeños castillos y moradas encantadas.
Al salir de la gruta se respiraba otro aire... el calor volvía a abrumarnos con su peso.
Teresa Lecroq, 1936.

miércoles, 4 de julio de 2007

Recuerdos de viaje (6)


CAPÍTULO 6: NUEVOS HORIZONTES
El sol de atardecer alumbraba débilmente París, cuando nos alejamos de ella, en busca de nuevos paisajes, en pos de atmósferas más despejadas y hermosas.
Nuestra primera parada fue Orleáns; la segunda en “Bourges”. En la vieja e histórica ciudad, deseaba yo entrar en la famosa catedral cuyo renombre llegó a mis oídos, durante la estadía en Francia. Entré pues, en la iglesia grandiosa de Saint Etienne, que eleva hacia el cielo sus armoniosas líneas góticas, símbolo patético de la piedad cristiana. En el interior inmenso de su nave iba descubriendo las estatuas “arcaicas” de piedra y mármol que permanecen eternamente en aquella vivienda, silenciosa y fría.
Cruzamos la pintoresca campiña de “Berry”, inundada de sol y empañada de humedad, que iba evaporándose a medida que el cielo se aclaraba.
Pasamos por “Châteauroux”, “La Sonterraine” y bajamos del auto, en “Limoges”, con el fin de conocer las maquinarias de una fábrica de las renombradas porcelanas. Nos indicaron la de “Theodore Havilan” y no tardamos en apercibir sus chimeneas de ladrillo y su inmensa fachada.
Es sumamente interesante observar el modo de pintar las lozas, empapelarlas, diseñar los círculos de sus platos, colocarlos en el horno y pulirlas. Desgraciadamente para el visitante, la mayor parte de los obreros habían abandonado su trabajo, para seguir la masa que declaraba la huelga. Llevamos de recuerdo doce saleritos; y al mirarlos ahora sobre la mesa, recuerdo aquellas mujeres jóvenes que pasan su existencia en las grandes salas de las fábricas, ejecutando el trabajo, cada día, como si ellas mismas fueran máquinas de hierro.
Reanudamos viaje, y cruzamos los frescos y hermosos bosques, diseminados en esa región; alfombrados por florecillas color violeta, que los franceses llaman “la bruyère”. El tinte suave de estas plantas, contrasta con el verdor de la selva, que guarda una población de pinos, siempre jóvenes y frondosos. No era entonces, la época de las cacerías, pero durante tres meses al año, los huéspedes de los alrededores vienen a turbar la placidez de los rumorosos bosques. Vienen, tal vez en busca de ciertos pájaros, de alas hermosas, que moran en la nudosidad de esos troncos.
Cuando el día declinaba, apercibimos “Bergerac”, la región de las aventuras caballerescas del célebre “Cyrano”. En estas ciudades de provincia después de las 10 hs. de la noche, reina en las calles un silencio de tumba; terminada la cena, me sentí con deseos de cruzar sus callejuelas, pero, al constatar en torno mío el tranquilo y sepulcral aspecto de su vida nocturna, tuve sueño y volví al hotel, a seguir el ejemplo de sus habitantes. Por la construcción y el aspecto de sus calles, Bourges y Bergerac, son dos ciudades muy parecidas.
Al puntear el alba, cuando aun dormitaban los campos, impregnados de escarcha y saturados de fragancias nocturnas, emprendimos camino hacia “Arcachón”, la playa mundana de “Bordeaux”. Mientras estaba desierta, la hermosa ruta nacional, aprovechamos para correr velozmente. El camino, color plomizo, que se extiende hasta la playa de la “Costa de Plata”, es un verdadero autoestrada; al correr livianamente sobre su macadán pulido, experimentamos la embriagadora sensación de la velocidad, mientras se abría, ante nuestros ojos, ávidos de luz y de color, el espectáculo de los campos, todavía húmedos y pálidos. Parece que tuviéramos alas suaves y ligeras, que nos arrastrarían sin freno, en pos del viento que corre.
“Arcachón” mostró su animada concurrencia en el esplendor del mediodía, cuando el orbe de los bañistas es más extenso. Esta costa atlántica, sin recordar a la “Costa Azul”, tiene el atractivo de ésta, y el suelo ondulado que costea el mar, muestra encantos que subyugan el alma.
Al dejar la región playera llena de color y movimiento, nuestro equipaje viajero se internó en las “Landas” las misteriosas y bellísimas regiones de Francia, donde el auto sigue una interminable y estrecha ruta, recta y monótona, abiertas en las espesuras de un bosque. Su suelo es arena, que el viento depositó allí, con el transcurso de los años. Perdidos en el follaje de la selva, se divisan pájaros con alas coloridas; parecen ser los reyes de aquella morada silenciosa y recogida. El camino forma un contraste en las carreteras de la región costera, donde los recodos y las sinuosidades son numerosos.
La inacabable frondosidad, eternamente verde de los árboles, y el horizonte siempre igual, que surge a lo lejos, inspiran al ser una suave melancolía, parecida a la que impregna al desierto, donde el hombre siente su pequeñez y su soledad.
Unos amigos de la Argentina nos esperaban en “Bellevue” una hermosa propiedad construida en el pequeño pueblo de “Cazaubon”. Los habitantes de esa aldea la llaman “el castillo”, pero no tiene ciertamente ese aspecto, sino que es una casa rectangular, grande y algo antigua. Ante la puerta de entrada se ve una extensión de césped donde han plantado la cantidad más variada de flores repartidas en originales dibujos; más lejos se encuentran los corrales, donde viven conejos, aves, toda clase de elemento doméstico. La casa está implantada sobre una cierta elevación de terreno y se domina desde allí un cuadro pintoresco, donde la ruta nacional se extiende al pie de la barranca.
Nuestros amigos nos acogieron con encantadora acogida. Temprano abrimos los postigos de la ventana y bajamos para desayunar en la gran terraza que domina el panorama del “Gers”. Oímos misa y fuimos al vecino pueblo de “Gabarret”.
A la tarde cambiamos de rumbo y visitamos “Barbautau” donde habían instalado establecimientos termales, siendo el agua de esa región muy saludable.
Todos los productos que nos sirvieron en “Bellevue” eran fabricados en esa misma granja, y raras veces probamos alimento tan fresco y sabroso.
Nuestro amigo el Coronel, muy especializado en el arte de tomar vistas cinematográficas, nos invitó a asistir a una función donde él mismo proyectaría un film. Tuve la sorpresa de verme yo misma en la pantalla, pues eran cintas que él mismo había tomado años atrás en la playa uruguaya de Atlántida. Estas vistas me trajeron el recuerdo de los rincones de América, y de las vacaciones de los tiempos pasados.
El día amaneció monótono, es decir sin sol.
Preparamos nuestras maletas y nos despedimos de aquella amable región, tan pacíficamente bella.
Me pregunto aun como podía el auto resistir nuestro cargamento; atrás delante, adentro... teníamos valijas por todas partes... pero los caminos son tan serenos y llanos que nuestro “vehículo” no sentía su peso.
Pensábamos llegar a la noche a “Cauterets” el lugar elegido para pasar la temporada veraniega.
Mejor lugar, para permanecer durante el verano, no podía ser. Es el punto desde donde convergen las rutas de los Pirineos, para ir a cuántos sitios se quiere.
Saliendo pues, de “Cazaubon” almorzamos en el pequeñísimo pueblo de “Air-sur-Adour” en una miserable vivienda pewro reputada por su exquisita cocina.
Allí nos separamos de nuestros amables conocidos y de nuevo arrancó la “Ford” en dirección a “Tarbes” y a “Lourdes”.
Entrábamos ya en las regiones elevadas y pude entrever la esplendorosa región de “Lourdes” ubicada esta ciudad en un ancho valle donde corren las ruidosas aguas del “Gave”.
“Cauterets” está casi enterrada entre dos altas montañas, cubierta de frondosos y espesos árboles entre los cuales las cascadas, salpicándose bruscamente por la escarpada pendiente, forma de lejos un hilo blanquecino como si la piedra tuviera profundas grietas. La ruta es extremadamente sinuosa con mil vueltas y recodos, hasta es peligrosa.
Jamás había visto región más hermosa y deslumbrante que los Alpes Franceses, pero constaté en aquel momento que los Pirineos podían casi rivalizar con aquéllos. La lozanía y la frescura de la vegetación me deleitaba con la delicia de sus colores y a medida que subíamos las cuestas empinadas aquellas visiones me confirmaban la belleza de su encanto.
Teresa Lecroq, 1936.

martes, 3 de julio de 2007

Recuerdos de viaje (5)


CAPÍTULO 5: PARAJES NORMANDOS
Entramos en la vasta provincia francesa que esconde entre sus dulces paisajes, los típicos y viejos pueblitos, conservadores de sus antiguas tradiciones. Cruzando la ruta nacional, ancha y recta, pasamos por “Arranches”, “Caeu” y llegamos a “Deauville”, la playa de moda, el gran balneario de los parisienses. Anduvimos inspeccionando sus hermosos parajes, donde los veraneantes recreaban su espíritu con las múltiples diversiones playeras; de ahí pasamos a “Trouville”, vecina de aquélla, iluminada por el sol del atardecer, que prestaba su tibieza a los amadores del mar. No queríamos pasar por el lugar santificado de “Sisieux” sin admirar de nuevo, los recuerdos que la Santa dejó en la hermosa morada de los “Buissonets” y el silencioso recinto de la capilla carmelitana.
Pero ya las 5 hs. habían tocado y las puertas estaban cerradas; un tanto decepcionados emprendimos camino al Carmelo. Reinaba profunda paz y absoluto recogimiento en este sagrado templo; en medio del silencio oía yo junto a las rejas las plegarias que las monjitas rezaban en coro. Sobre las paredes de la capilla habían grabado epitafios; hubo algo que me llamó la atención por tener relación directa con mi lejana patria. En él se traducían las palabras que el general Uriburu dirigió a la “Flor del Carmelo” con el objeto de agradecer a ésta el haber salvado la revolución del “6 de septiembre”. La Salle des Souvenirs” se hallaba igualmente cerrada y durante el trayecto me contentaba con recordar lo que mis ojos vieron en el último viaje, en este último cuarto de recuerdos.
Mas, habría experimentado gran placer al ver de nuevo, la rubia cabellera de Santa Teresita, sus numerosos juguetes, su blanquísimo vestido de primera comunión y otros tantos objetos que traen a la memoria los hechos de su vida mística y los acontecimientos sencillos de su corta existencia.
Nos dirigimos a la espléndida basílica todavía en construcción, bajamos a la cripta y luego de prender una vela para dejarla consumirse con el suave perfume del altar, salimos tomando la ruta de “La Londe”, donde nos esperaban unos amigos. Este lugar de peregrinación va tomando gran importancia, bajo el punto de vista turístico, siendo la hermosa iglesia, que domina la ciudad entera, un centro de atracción para muchos peregrinos. “Lesieux” es asimismo una ciudad que posee típicas casas de estilo normando; aquel modo de construcción que vería yo más tarde en los pueblos de “Alsacia” y “Lorena”. Los tejados de pizarra son altos y de cada lado se elevan, juntándose las paredes de un prisma; los muros blancos o de color grisáceo están atravesados por angostas tablas de madera que se entrecruzan. No se puede afirmar que “Lesieux” es una linda ciudad, pero posee un cierto atractivo, que ha sido sin duda acrecentado por el recuerdo de un pasado muy digno.
Nos alejamos cuando ya anochecía, rondando por la campiña verdosa y suave de la “Normandía”.
Después de atravesar el bosque de “La Londe” llegamos al antiguo pueblito que lleva este nombre. Junto a la iglesia y al pequeño cementerio, se encuentra una hermosa propiedad, grande y antigua. Fue en esta morada que penetramos para saludar con júbilo a nuestros viejos conocidos. Al lado de la casa existe otra más reducida construida en el siglo “XIII”!
El campanario rompió el silencio de aquel pueblito, lanzando al aire las notas vibrantes de sus campanas, y con las últimas lamentaciones, concilié yo el sueño, mientras las tinieblas del cuarto surgían más densas.
El día amaneció lluvioso. Al terminar el almuerzo decidimos ir hasta “Roneu”. Como es de suponer bajamos ante todo en su espléndida Catedral. Aseguraría que es la más alta de Francia. Entramos en la vasta y prolongada nave, sostenida por gigantescas columnas de piedra, embaldosada con grandes losas.
Al salir fijé la vista en un magnífico rosetón de vidrio que enviaba la luz del día a través de sus cristales de múltiples colores.
Una vez más contemplé el grandioso aspecto de su interior, algo impresionante,, por la larga fila de pilones simétricos y por la desmesurada altura de su cielo raso.
Nos sorprendió la lluvia al salir, lo que nos obligó a pasearnos por la ciudad con paraguas. Entramos en una pastelería situada cerca de la “grande horloge”, el reloj más viejo de Francia situado en la estrecha calle que lleva su nombre, y luego de saborear algunas masas, que nos hicieron olvidar por un rato el mal tiempo, volvimos a “La Londe”.
Pasamos a poca distancia del campo de aviación y luego de cruzar los callados parajes del bosque, entramos en el pequeño castillo de nuestros amigos.
Cesó la lluvia por la mañana, y la naturaleza estaba aun impregnada del color grisáceo del cielo. Esa misma mañana estaba yo lejos de imaginarme que practicaría el deporte de la equitación, sobre todo hallándome tan lejos de las grandes llanuras argentinas!... Hasta me resistí con el ropaje completo de un jinete. Experimenté gran placer en manejar un hermoso caballito, que me llevó por los recónditos lugares del bosque vecino, todavía humedecido por la llovizna de la noche. Mientras cabalgaba con la velocidad del trote inglés, los paisanos me miraban un poco extrañados, asustados tal vez, de ver una mujer practicando un género de sport, desconocido en aquellas regiones.
Llegó la tarde, y la hora de despedirnos de nuestros amigos. El auto nos esperaba, listo para llevarnos al “Havre”. Cruzamos nuevamente “Roneu” y pasamos por Blombec. El gran puerto normando, la región pesquera por excelencia nos vio llegar, cuando el sol entraba en su ocaso.
Las visitas que hubimos de efectuar a ciertas personas amigas, nos mostró al mismo tiempo el viejo aspecto de la ciudad del “Havre” ostentando las cuestas empinadas de sus callejuelas y mostrando su avenida central, donde daban las seculares fachadas de los hoteles. La serie de visitas terminó tarde y vi con alegría que llegábamos al Hotel Normando, para descansar, y soñar al mismo tiempo con el largo paseo que efectuamos, a través de una región, para mí desconocida.
Era ésta nuestra última etapa en la provincia nórdica.
De regreso a París, después de cruzar •Roneu”, el motor de nuestro cómodo carrito, sufrió un serio percance y estuvimos obligados desde ya, a bajar del “Ford” con maletas y valijas en medio de la hermosa ruta nacional, a pocos pasos del pueblito de “Bourg-Baudoiu”. Embarcados en un inmenso autobús, proseguimos el camino de la vuelta y bajamos en el corazón mismo de París. De nuevo me senté en la capital, envuelta en el acostumbrado y perenne movimiento de su ambiente de ciudad populosa.
Tres días más en la hermosa ciudad-luz, y luego bajaremos el territorio francés para llegar hasta los Pirineos.
Teresa Lecroq, 1936.

Recuerdos de viaje (4)


CAPÍTULO 4: RUMBO A BRETAÑA – LOS CASTILLOS DEL LOIRA
Después de un breve descanso, vuelta a las andadas en derredor de Francia, para ir en pos de nuevos logares que mostrarán al amador la belleza de su naturaleza y el valor de su vejez.
Corríamos sobre la ruta cementada y a cada recodo descubría rincones que no había imaginado hasta ahora y apreciaba entonces aquel conjunto desconocido de figuras movedizas y de visiones quietas que se transformaban a mis ojos en exquisitos paisajes y en originales apariciones.
Partiendo de “Orleáns” permanecimos corto tiempo en la “posada de la Montespan” donde el “Loitet” bañaba sus orillas, pobladas de arbustos. La ruta de “Blois” fue nuestra compañera de viaje que nos permitió ver los espléndidos castillos de Loira, construidos hace siglos sobre las límpidas márgenes del río francés.
El primero y el más grande es el “château de Chambord”. Bifurcamos en nuestro camino de unos cuantos kilómetros para llegar al inmenso parque de la propiedad de Chambord. Su aspecto exterior es muy imponente. Al mirarlo de arriba abajo pensaba en los grandiosos palacios que describen los cuentos de hadas... Nadie los habita; queda como sublime obra de la arquitectura de antaño y como recuerdo perenne de la historia del pasado. No teníamos suficiente tiempo para visitar sus 450 piezas, sus 350 chimeneas y 53 escaleras, pero sin embargo nos detuvimos en las principales habitaciones de aquella morada de reyes.
Existe en el castillo un detalle muy curioso, que el guía se apresura a mostrar al turista: es la “doble-escalera” de un vasto vestíbulo. Es muy curiosa en efecto, y se tarda en comprender la combinación de su estructura original. Como si estuvieran enlazadas, se elevan sobre otra y llegan arriba en forma de espiral. Dos grupos de visitantes ascendían la escalera y al través de sus barrotes de mármol veía yo el grupo que nos seguía, subiendo los escalones de la otra.
Fue construido este castillo por orden de “François I” y en el cielorraso de cualquier habitación se ve el escudo de este rey, diseñado por todas partes, que se traduce por la letra “F” y una salamandra. De todas las miles de salamandras que se hallan grabadas, ni una es igual a otra.
Entramos en una sala donde “Moliere” presentó por primera vez: “le bourgeois gentilhomne”. Cuentan que Luís XIV habíase instalado en un palco colocado en la “doble-escalera”. En una pieza inferior hállanse las carrozas de lujo que en “Conde de Chambord” había ordenado se construyeran para su advenimiento al trono de Francia. Su hermosa y rica cama era también para tal objeto. Las “Damas de Francia” tejieron las numerosas tapicerías que sirvieron para amueblar las cuatro paredes de ocho espaciosas salas.
La azotea de castillo es peculiar. Está construida de un modo que forma calles y casas de una aldea francesa. Allá las damas de la corte acudían para asistir a las partidas de caza que se desarrollaban en el inmenso parque. Éste tiene 500 hectáreas de terreno y 32 kms. de murallas.
A medida que meditaba sobre la magnificencia del Castillo de Chambord nos dirigíamos hacia “Blois”. Es una encantadora ciudad situada sobre las riberas del Loira. Anduvimos por entre sus calles y, exteriormente, admiramos su castillo. El auto siguió de nuevo, el bellísimo camino que costea la gran arteria de Francia y nos detuvimos en “Chaumont”. Son otras piedras que duermen en la lozanía de un bosque hermoso, soñado eternamente en las escenas de los siglos anteriores que las tuvieron por testigo. Nos contentam,os con mirarlo desde su frondoso parque y continuamos la ruta hasta “Amboise” Unas tras otras desfilaban las antiguas moradas de los nobles que vinieron a transplantar sus señoriales construcciones en la misma margen del Loira y cada una es el reflejo de una época fabulosa y próspera.
Cuando el día declinaba suavemente y el hermoso sol de primavera entraba en el ocaso de su camino, visitábamos el suntuoso castillo de “Chenonceaux”
Es uno de los más hermosos. Está construido sobre pilones en el “Loire” y una inmensa galería de piedra lo une con tierra firme. Sobre las aguas aun rutilantes reflejábase esta magnífica morada y las arcadas de la galería se transformaban en grandes circunferencias
El pasaje susodicho ha sido levantado a pedido de “Yeamie de Poitiers” para efectuarse con más facilidad las partidas de caza, en la otra margen del río. “Catalina de Médicis” hizo colocar un techo para transformar esta galería en suntuoso salón de reuniones y fiestas.
Los inmensos cuartos y salones, no me sorprendieron menos, que en la visita de los antecedentes castillos pero al salir de “Chenonceaux”, aduciré con sorpresa, dos grandes jardines, que adornaban la entrada. Se diseñaba el dibujo más original sobre un campo de césped, formado por multitudes de flores coloridas. Miré largo tiempo los parques cuadrangulares, y me alejé por la grandiosa avenida de árboles que conduce al portón principal. Al darme vuelta para ojearlo una vez más, vi su magnífica figura bajo la bóveda verdosa y sombreada de las gigantescas ramas.
Con la imagen de aquellos castillos esplendorosos impresa en mi mente, miraba al través de la ventanilla del auto las aguas de aquel río histórico que tenían las márgenes silenciosas, mientras las tonalidades del crepúsculo se imprimían sobre la vegetación que se miraba en el cristal.
Llegamos a “Tours” para dejar allí nuestro cansancio y nuestro sueño. Cuando clareaba el alba continuamos nuestro camino hacia “La Baule” La región que cruzamos para llegar es sublimemente hermosa. Costeábamos el río y constaté que aquel rincón francés guardaba preciosamente sus torres en ruina, sus restos de palacios y castillos, que aun se levantaban para mostrar orgullosos el valor de sus piedras carcomidas; sus desgastadas iglesias, que tocarán sin fin las campanadas acostumbradas, como prolongando el recuerdo de los pasados llamados.
La visión de un puente indicaba un pueblo cercano. ¿Qué diré de los puentes del Loira...?
Me parecía que aquellos cruzaban ambas orillas como para estrechar el río caudaloso que corría en medio de sus viejas aldeas. Aquellos arcos inmensos se dibujaban en la amalgama de las aguas, como mirando la esbeltez de sus líneas semicirculares. No me cansaba de admirar aquel cuadro tan sereno y hermoso.
Saliendo de la magnífica catedral de “Tours” vimos el castillo de “Azay-le Rideau” construido igualmente sobre pilones y el de “Cluinon” que se nos apareció entre los corpulentos árboles de su suntuoso parque. Llegamos a “Saumur” para oír misa a las 11 hs. en la iglesia de Saint-Pierre.
Saumur posee la más grande escuela de caballería. No partimos de allí sin antes no haberla visitado y sentí mucho de no quedarme hasta la tarde para presenciar los ejercicios militares y demostraciones que iban a tener lugar. A la hora del almuerzo entramos en “Augers” que nos acogió en la renombrada posada del “Caballo Blanco” Supuse que la extrema tranquilidad y sosiego reinantes en aquella ciudad se debía a que era domingo. Apercibimos ya, algunas mujeres del país, llevando la cofia típica de aquella región, hijas netamente de esa tierra, fieles a las costumbres de sus antepasados.
Seguimos ruta sobre la beldad prodigiosa de ese suelo donde el Dios de la Naturaleza adornó de una manera especial. El término e este camino nos condujo a “Nantes” una pintoresca cuidad cuya hermosa catedral recibió nuestra infalible visita. Comprobé que era muy linda como las antecedentes.
Corríamos hacia “La Baule” la playa concurrida y mundana del departamento de la “Loire-Tufériense”. Pasamos por Saint-Nazaire, el puerto de los grandes astilleros.
Pasando frente a la playa me pareció que el ambiente cambiaba bruscamente; nos encontrábamos en una atmósfera diferente de la que dejábamos atrás. La tranquila campiña, llana y luciente vino a borrarse a mis ojos, y apareció el mar, ondeado por la brisa, que venía a besar la mullida arena. La playa pululaba de gente a pesar de la hora avanzada; miraba yo los rostros bruñidos por el yodo del mar, y, en aquel lugar de idas y venidas, de agitación y de colorido, se respiraba el verano, que hasta entonces parecía estar muy lejos...En esa calle que cruzábamos, cual si fuera una rambla, los autos desfilaban sin cesar, con marcha lenta y pausada; las personas parecían gozar de aquel aire salubre y yo me alegraba al sentir sobre mi frente, la caricia de la brisa.
Rondando por las soleadas calles de “La Baule”, emprendimos la tarea de buscar la casa de unos amigos, residentes en aquel lugar.
Encontramos la hermosa “villa” escondida en un bosque de pinos. Los dos autos se dirigieron hacia “Batz-sur-mer” en la posada de “Kisnet”, una gentil casita amueblada en el estilo bretón. El “menú” se componía sobre todo de los peculiares frutos del mar que se pescan en aquella región.
Salimos de las playas para dirigirnos al interior de la Bretaña. Llegamos a “Quimper” después de cruzar el pueblito de “Vannes” aldea natal del aviador “Le Brúx”. La campaña bretona tiene un encanto indescriptible, a pesar de ser más monótona que otras regiones francesas.
Los campos sembrados aquí y allá de montoncitos de avena, alegran los ojos y demuestran el continuo y asiduo trabajo del campesino francés. La ruta que seguíamos es tortuosa y a menudo aparecían pequeñas lomas que el auto cruzaba con ligereza y suavidad.
A medida que frecuentábamos los pueblitos veíamos las blancas cofias de puntilla que llevaban las mujeres. Esas son más originales que las otras y hasta puedo decir que son raras. En general tienen veinte centímetros de altura y se colocan en el extremo de la cabeza; son sujetadas por una cinta blanca y por encima de ella enrollan en cabello. El traje de las bretona es casi siempre de terciopelo negro. Nos hallábamos a pocos pasos de “Caruac” donde se hallan los famosos “aliguements” o piedras monumentales de los antiguos celtas y no quisimos perder la ocasión de verlos. A decir verdad estas inmensas piedras, diseminadas con orden en los campos, nada tienen de interesante, solo poseen el valor de haber sido transplantadas hace siglos. Lo que me ha causado mucha gracia fue de oír la narración de la leyenda de los “aliguements” contado por dos chicuelos de 10 años. Hablaban cantando y lo decían con voz regular, como quien dice una lección y cada cual se reemplazaban a cada minuto para dejar tiempo al otro para recobrar el aliento. El cielo estuvo sereno, mas al llegar a la estación ferroviaria de “Quimper” nos sorprendió el chaparrón. Este tiempo mustio duró hasta la noche.
Había oído hablar por mis hermanos de la “Isla Garó” donde residen nuestros amigos pero nunca me figuré que aquella propiedad fuera tan encantadora. Nos esperaban para esa fecha y apresuramos el paso a fin de llegar antes de la noche.
No cesaba yo de admirar aquella isla de la costa bretona, que iba a ser nuestra morada durante tres días. Desde mi cuarto de aquel pequeño castillo dominaba el panorama del grandioso parque. Estoy convencida de que es único en su género, pues aquel pedazo de tierra unido al continente por un puente, es a la vez bosque, campo, playa, estancia y jardín. En él se pueden practicar la pesca, el ciclismo, la equitación, el yathing, la natación. En que ama las plantas y las flores encontrará en aquella propiedad, las variedades más diversas y hermosas. Las flores me llamaron la atención por su singular hermosura y su profusión. No falta tampoco el gallinero, y los animales domésticos para el consumo diario.
Al terminar la cena bajamos todos al parque y caminamos hasta el puente de madera para asistir allí, a la pesca del “congre”. Se agarran estos grandes peces con una especie de canastilla, hecha con rejas de alambre. La víctima va a buscar su presa en aquel canasto cilíndrico y cuando quiere salir se lo impiden unos fierros puestos en forma de cono. Nuestro amigo posee un gran criadero de “homards” y otro de “ostras”; me interesaba mucho aquello y bajé al vivero donde veía claramente estos bichos a través del agua transparente y calma. Seguía lloviendo y mientras los otros convidados se unificaban en el auto que había quedado allí para volver al castillo, yo seguí a pie por los caminos abierto en medio de los pinos. La isla está rodeada de murallas bajas hasta la pequeña playa donde instalaron tres carpas a disposición de los bañistas.
Antes de retirarnos para ir a dormir, la dueña de esta mansión tuvo el cuidado de explicarnos que oiríamos a las 8 hs. una campanada; ésta serviría para invitarnos a levantarnos; a las 8 y ½ un segundo toque daría la orden de bajar.
Así sucedió en efecto y a la hora predicha todos los huéspedes se encontraron en el comedor.
Esta costumbre me llamó un poco la atención y recordé haber oído decir que antiguamente y hoy día también, se ejecuta todavía, en las casas viejas y castillos donde residen muchas personas. Me trajo a la memoria los tiempos del colegio, cuando el timbre de la campana, resonaba para dar la señal de abandonar la cama...
Embelesada por los rincones encantadores del parque, corrí por la mañana a explorar el jardín y para poder verlo todo, robé la bicicleta del jardinero y eché a andar por entre los caminos y avenidas bordados de árboles florecientes y por los senderos que oculta el bosque. Al contornear la isla vi dos lindos “yatle” anclados; el uno se llamaba “Atorante”, el otro “Lle Garó”; ¡cuándo me hubiera gustado, después de andar por tierra en velocípedo, navegar sobre aquel mar hermoso...!
Pasadas algunas horas, después del almuerzo, nos encaminamos a “Loctudy” con el objeto de saborear los renombrados panqueques bretones. Este pueblito dista a tres Kms. de la isla Garó; como el tiempo se prestaba para la marcha, resolvimos volver a pié y en efecto resultó un delicioso paseo. Las cofias de Bretaña me parecieron tan originales que me coloqué una encima para servir de escena al objetivo. Nos preparamos a partir y nuestros amigos nos ofrecieron un suculento asado a la criolla; esto me traía el recuerdo de la tierra lejana...
Llegamos a “Quimper”, cruzamos la hermosa playa de “Dinard” y decidimos pasar a noche en “Saint Maló”. Los aminos de esta península son lindos; los cuadros de la naturaleza francesa seguían desfilando ante nosotros y, la belleza del paisaje, causaba dulce impresión al alma.
Para llegar a la ciudad de Saint Maló fue necesario embarcarnos todos en un “bac” (el auto inclusive) que cruzó el brazo de agua que la separaba de Dinard. Esta, es una extensa y bonita playa, pero aquella tiene un encanto indescriptible. Es el tipo de la vieja ciudad, rodeada de amplias murallas de piedra. Su aspecto es típico y curioso, se diría que es una gran propiedad. Casualmente bajamos en el hotel, que fue antaño la casa natal del poeta “Chateanbriand”.
Al bajar para tomar el café en la terraza del hotel, que da frente a la plaza pública de Saint Maló, cuál no fue mi sorpresa al ver convertida ésta en cinematógrafo; asistimos pues a esa función al aire libre, mientras saboreábamos el café acostumbrado.
Al abandonar una ciudad, mi costumbre era de buscar desesperadamente un librero que vendiera cartas postales, pues quería tener un recuerdo de los lugares que tanto me habían gustado; pensaba reunirlas todas en bella colección para quedar en mi álbum como fieles testigos de mis “exploraciones”.
Rebosaba yo de alegría al emprender el camino que conduce al famoso “Mont Saint-Michel” Lo admiré en miles de estampas y ahora lo ioba a ver tal cual es, con sus múltiples encantos y bellezas. Pude observar que atraía a numerosos turistas, siendo al mismo tiempo un gran centro de peregrinación.
“Saint Michel” situada frente a la línea de separación de las dos provincias, la “Normandía” y la “Bretaña”. Sobre esa isla la naturaleza hizo que fuera cubierta de un monte de rocas, y los hombres construyeron sobre ellas la magnífica abadía de San Miguel, que domina a su alrededor una gran extensión de tierra y agua. Este monumento magnífico de una mano de obra sublime se halla al extremo de la más alta roca y con tal base puede perdurar siglos y siglos. La basílica está rodeada de numerosos casas y escaleras de piedra que van bajando hasta llegar al borde de la isla, de terreno areniizo. Como todas las antiguas villas francesas, está circundada de grandes parapetos.
Un camino recto y cementado nos unió con “Saint Michel” y luego de ubicar la Ford V8 en la playita angosta, ascendimos el famoso monte, subiendo por sus estrechas callejuelas empedradas. A lo largo de aquellos pasillos habían instalado numerosas tiendas, de Santería y alfarería.
Entramos en el museo, que guarda todos los recuerdos de la historia del “monte”, y después de admirar sus salas, que encierran pre3ciosos documentos, identificadores del pasado, penetramos en un cuarto, donde hallé un objeto que me interesó vivamente. Es un aparato que observa la vista que se extiende alrededor de la isla y que antiguamente era un poderoso medio para calcular la distancia que la separaba de los enemigos. Consiste en un disco blanco, colocado frente a un agujero, abierto en el cielo raso.
Esa abertura está provista de un juego de espejos y al permanecer en la oscuridad completa, se refleja sobre la porcelana del disco el paisaje circundante. Para que esta demostración sea más interesante aun, una persona del grupo salió y con sorpresa pudimos verla arrimarse entre dos plantas de hortensias colocadas en el patio. Haciendo girar el disco, continuamos en mirar la extensión que nos rodeaba, sin molestarnos de nuestro lugar. Pero lo más curioso, es que estas imágenes reproducidas en aquella placa redonda, son en colores tal cual se ve en el cine.
Terminada la visita al museo subimos a la abadía. Las salas son a cada cual más hermosas y construidas con mucha habilidad e inteligencia. Los materiales han de ser sumamente sólidos, a juzgar por el emplazamiento poco arraigado de la edificación. El inmenso claustro de la abadía es el más hermoso del mundo; está decorado con pequeños rosetones, esculpidos sobre la piedra, todos distintos en sus dibujos, es una verdadera obra maestra. La “Salle des Chevaliers” donde los padres benedictinos se reunían para estudiar por ser ésta la sala más clara y mejor calentada, es muy grande y sostenida por hileras de columnas.
La Iglesia Catedral se halla igualmente protegida por pilones; los cuatro del centro indican, que siendo la parte central de la nave, está construida sobre la punta del peñasco.
En aquellos tiempos el Monte “Saint Michel” era una prisión; la vista de los pequeños calabozos donde encerraban me causó mucha impresión y más aun “les Outliettes” profundos pozos donde los arrojaban para hacerlos perecer allí, de hambre, de sed, en el terrible olvido de una celda subterránea.
Un prisionero quiso un día evadirse por medio de una cuerda, pero cayó de lo alto de aquellas paredes y es de imaginarse que encontró la muerte en el precipicio.
La vista del hermoso panorama vino a borrar estos tristes recuerdos y contemplé el brazo de agua que separa las dos provincias francesas. Antes de alejarnos del todo hacia la “Normandía” bajamos del auto para admirar la espléndida perspectiva del Mont Saint Michel que destacaba su esbelta forma sobre la diafanidad del cielo.
Al cerrar los ojos un instante recordé las bellezas indescriptibles de la abadía suspendida sobre aquel promontorio solitario, y pensé que es una reliquia preciosa para los anales de la historia de Francia.
Teresa Lecroq, 1936.