lunes, 6 de agosto de 2007

Cuatro generaciones

La abuela con Marie (hija), Evangelina (nieta) y Valentino (biznieto) en abril de 2006.
Hacer clic encima de la foto para verla más ampliada.










sábado, 4 de agosto de 2007

En Olivos

De izquierda a derecha: mis nietas Victoria y Lucía, mi hija María Elena, mi biznieto Valentino, y Charlie, el esposo de Lucía.
Hacer clic encima de la foto para verla más ampliada.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Secreto

"Les voy a contar un secreto. Este blog me lo hace mi hijo Paul".

lunes, 30 de julio de 2007

miércoles, 18 de julio de 2007

Recuerdos de viaje (18)

CAPÍTULO XVIII: REGRESO A BUENOS AIRES

Nos fuimos alejando despacio de las costas españolas que ocupan toda la línea del horizonte, en aquellas horas tardías del día. Cuando la noche era ya densa apercibimos una luz lejana, que se apagaba y se iluminaba sucesivamente, a ratos largos o cortos. Aquello era un faro colocado en la entrada del peñón de Gibraltar, el cual, a la manera de telégrafo Morse, sus lucen indicaban letras o señalas. Supe después que a cada buque que pasa a lo largo de la costa, se le pregunta su nombre.
Al pasar el estrecho apercibimos la ciudad de “Tánger” la cual, de lejos, parecía un gran vapor que avanzaba en la obscuridad.
Nuestra vida a bordo era parecida al viaje de ida, donde aprovechábamos de los ratos apacibles del mar, para entregarnos a los juegos de la cubierta. Lo que sí, creo que no cabía en el barco una sola persona más. La mayoría de los pasajeros eran otros escapados de España, restos de familias, enlutadas y entristecidas por la pérdida de algún hijo o hermano. Viajaba a bordo el cónsul uruguayo en España, que acababa de presenciar la muerte de sus tres hermanas, perseguidas por los comunistas y acusadas de haber albergado a algunas religiosas en sus departamentos.
Cuando legamos a Montevideo, recién supe que llevaban sus restos, al desembarcar tres ataúdes en el muelle..
Otro señor andaluz, escapado como por milagro de la muerte, pues estuvieron a punto de fusilarlo, al hacer el “paseo” por la ciudad, venía también a buscar en Buenos Aires, un refugio para él y para su familia.
A pesar de todo, puedo decir que la alegría reinó en el barco, durante toda la travesía. Se hallaba a bordo el tenor F. Arregui y su esposa Estrella Ribera, que se prestaron gentilmente, para cantarnos algunas canciones españolas: “Te quiero”, “El trust de los tenorios” y otras piezas que ambos artistas interpretaban muy bien. Este fue el “número” más aplaudido durante las fiestas del pasaje de la línea, ilustrado también por las “chansons” de “Georges”, un cancionista de radio, y por las melancólicas interpretaciones de un señor rumano que acompañaba sus canciones con el piano.
El cine no nos faltaba, pero el único inconveniente de las cintas, es que eran de “avant-guerre” al juzgar por las modas femeninas y por el mutismo de los actores.
Nuestras diversiones eran múltiples: juegos de “croquet”, de cartas, carreras, bailes, juegos de salón, caminatas por el puente superior, “deak-tennis”, lectura; solo dejaba yo todo aquello para admirar ese inmenso mar, que nos envolvía con el ruido sordo de sus aguas. A veces se desplegaba luminoso y azul y a medida que el día declinaba se volvía más sereno, como la superficie de un lago. Los crepúsculos del mar don divinamente imponentes y bellos. Otras veces el mar balanceaba el buque con un movimiento monótono y yo detestaba aquellas horas que me traía el malestar del “mal del mar”...!
Estoy persuadida que cuando se viaja, tiene uno en ocasiones de ver cosas muy raras. El señor rumano que tan bien cantaba, poseía a bordo un singular aparato que yo, hasta que no lo vi con mis propios ojos, no quise creer que tenía la propiedad de hacer desaparecer los objetos, cualesquiera que fueran. Me hizo una demostración en su camarote, y yo cuando vi que me ponían delante un vaso, una jabonera o un monedero, y que desaparecían lentamente hasta quedar el vacío, me quedé pasmada, preguntándome si no tenía visiones. Este buen señor para complacerme, colocó un vaso, con vino, y al rato el líquido fue esfumándose poco a poco, como tomando la claridad de la transparencia, hasta quedar el vaso solo. Lo mismo hizo con una billetera: los mil francos desaparecieron y la billetera quedó bien visible. Estoy segura que todo esto debe ser el efecto de unos rayos, imperceptible a la vista del humano. Hacía 3 meses un modesto muchacho había inventado este aparato y el rumano le compró el secreto, para poder aplicar esta máquina en reclames, teatros y hasta nos preguntamos si un día no serviría para la guerra.
Otra cosa original que tenía un señor de 2ª clase, es un “circo de pulgas”; no es que las tenga amaestradas en su gran estuche, todo forrado de pieles, las ata solamente de un finísimo alambre y estos minúsculos animales van tirando toda clase de vehículos, aviones, autos, coches para bebés, cañoneras, que son tan pequeños como lo es la pulga. Estos instrumentos son verdaderas joyas, por ser tan minúsculos y tan bien hechos. A través de un microscopio se puede ver el hilo que une al insecto con los cochecitos que tiene que arrastrar. Además tiene una pelotita, bien minúscula con que juega y distrae a los espectadores. El propietario de este “circo” quiere instalarse en la “Costanera”, pero hasta hoy no he oído hablar de él.
Las escalas fueron las mismas que a la ida, pero por el hecho de haberlas visto muchas veces, vuelvo con gusto a encontrarme con ellas y a conocer mejor sus hermosos parajes...
Alfred de Vigny dijo: <> (<>)
El viaje tocó a su término y todo ya ha concluido; me parece haber vivido una película de cine que pasa rápida y hermosa. ¡Cuántas cosas bellas deleitaron mis ojos y emocionaron dulcemente mi alma! Cuando recuerdo aquel recorrido a través de Francia, pienso que el mejor placer es el de comunicarse con la naturaleza y de contemplar con los propios ojos aquellas bellezas que se leyeron y que uno deseaba ver algún día.
Todo quedó en mi mente como un hermoso sueño, y si bien todo está mal escrito y mal expresado, he tenido por lo menos la sensación de haberlo vivido y haber gozado de él.
Con un “adiós” concluyo mi diario y digo: “¡hasta el próximo viaje!” que será cuando Dios lo decida.
Teresa Lecroq.
Buenos Aires, 9 de Noviembre de 1.936.

Recuerdos de viaje (17)

CAPÍTULO 17: PARÍS-COSTA AZUL

Cruzamos la magnífica selva de Fontainebleu, donde se respira el frescor del follaje, aun iluminada por el sol del atardecer,que daba más lozanía a sus árboles corpulentos.
Emprendimos camimo hacia “Leus” arrancando así en la carretera nacional de “Paría ā la Côte d’Azur”. El paisaje de aquellas regiones es muy suave; por todas partes se extienden campos sembrados, como formando sobre la tierra, grandes cuadriláteros de diferentes dibujos. En aquellos aprajes los árboles de sombra abundan y uno se quedaría contemplando largo rato, esa naturaleza alegre, que se despliega a la vista y embellece al viajero.
Al anochecer llegamos a “Auxerres” para pasar lanoche y ya comenzábamos a sentir los rigores del frío que a uno lo sorprende en las horas avanzadas.
Al día siguiente emprendimos nuevamente el viaje, con cierta pena en el alma, pues pensábamos que era aquel paseo, el último recorrido a través del territorio francés. Nos bajamos en “Saulien” donde almorzamos en la viejísima posada del “Hotel de la Poste” que tanto nos había recomendado un amigo, sobre todo bajo el punto de vista gastronómico. En ese gentil “auberge” venían antiguamente las diligencias para cambiar sus caballos y dejar que sus pasajeros descansasen.
El paisaje que costea el Saona recuerda a veces aquel de la Champagne donde se ven por todas partes las lomas sembradas de viñedos.
Pasamos por “Villefranche-sur-Yorme” y llegamos a Lyon cuando nuestro reloj marcaba las 5 y media. Para mi gran extrañeza, a esa hora el día decae completamente y la noche avanza con rapidez para cubrir aquellas regiones. El color de los árboles se torna medio-oro, medio-rojizo; es el otoño de Francia que hace caer las hojas y acrecienta las corrientes. Los viñedos se mueren a causa de la helada y hemos oído decir por unos paisanos en el curso de nuestro camino, cuánta tristeza les trae estos vientos fríos, que los deja en la miseria y devasta sus hermosas campiñas.
Llegamos a la majestuosa ciudad de Lyon, atravesada por el Ródano, desde la cual sobre una cierta altura, se ve claramente la separación de las dos aguas de dos grandes ríos, el “Rliône” y el “Saône”.
Queríamos llegar antes del anochecer a “Marsella”, y aun nos faltaba un buen trecho. El tiempo se puso grisáceo comenzando a caer una pequeña llovizna que humedecía el cemento de la ruta. Esta humedad fue causa de un pequeño accidente que nos ocurrió, antes de llegar a “Orange”, cuando ya habíamos cruzado las ciudades de “Valence” y “Montélimar”. Si bien este contratiempo no fue grave, nos dio sin embargo, un grandísimo susto.
Mi hermana manejaba pacíficamente el coche que corría a 90 Km., cuando de pronto se nos presentó a lo lejos un enorme puente de piedra sobre el cual para el tren de “París-Menton”. Detrás de esa gran arcada, se halla un recodo brusco y pronunciado,, tras el cual yo imaginaba plácidamente sentada en el fondo del auto, siguiendo el cuadro triste de la naturaleza, sorprender otro aspecto del paisaje que parecía girar a nuestro alrededor, cada vez que dábamos vueltas en el camino.
La ruta estaba muy resbaladiza y al llegar abajo del “famoso” puente las ruedas del coche patinaron insensiblemente y, sin poder contener la dirección que ya no obedecía al volante, y que seguía su propio capricho, fuimos a chocar sobre la pared del puente! El golpe hizo volver el coche hacia atrás, pero dando una vuelta sobré sí mismo, como danzando sobre el cemento húmedo.
Sí, me acuerdo bien, gritamos todos; papá rompió el mapa que tenía entre las manos, mamá me agarró del pescuezo y yo de la manija de la puerta. Estábamos sucesivamente pálidos y rojos, cuando ya vimos seguros que el auto no se movería más, tomamos una pequeña dosis de “armaniac” un licor reconfortante que nos trajo a las mejillas los colores naturales! Felizmente no hubo grandes desastres: un guardabarros roto y el paragolpes torcido. Lo que aumentó nuestro susto, fue que al chocar veíamos llegar por el lado del recido un enorme camión, que si venía ligero, se encontraba con nosotros, y entonces, sí, le decíamos adiós a nuestra vida...!
Seguimos pues camino hasta Orange y nos quedamos en “Avignon” para reconfortar tanto nuestro apetito como nuestras emociones.
Con este tiempo fue imposible hacer la carrera con el “expreso” de París-Menton, que corre paralelamente a la ruta nacional, como lo hice el día anterior cuando brillaba el sol y soplaba una ligera brisa por los campos. Ese día el tren corría más o menos a 90 Km. por hora y yo que estaba al volante, me apresuré a ganarlo, apretando el acelerador hasta que marcase 100 Km.
En efecto, al recuperar su marcha lo dejé pronto atrás y a veces éste me alcanzaba y yo de nuevo me entusiasmaba con la velocidad hasta pasarlo, tentada de mirarlo para observar el rápido movimiento de sus ruedas de hierro.
Los espectadores de esta carrera, eran un grupo de soldados que miraban desde la ventanilla del tren, adivinando que la liviana Ford, quería a todo trance, ganar la marcha de la gruesa locomotora, chirriante y sonora.
Pasamos por “Aix-en-Provence” y antes que nos sorprendiera la noche, llegamos a Marsella, nuestra última etapa!
Casualmente, durante los últimos días que permanecimos en la ciudad provenzal, llegó al pueblo marsellés el crucero argentino “25 de Mayo”. Estábamos contentos de ver en Francia nuestros marinos porteños, y cuando apercibimos sobre la “Camebiēre” una gorra del “25 de Mayo”, nos acercamos para hablar un rato con esos argentinos, contentos de no verse tan extranjeros, y de poder conversar su lengua natal. En efecto, no entendían una sola palabra francesa. Nos contaron el recorrido de su viaje: habían salido de la capital para acostar en los puertos brasileños y el Dakar. Recién venían de Alicante donde habían ido a buscar 30 refugiados argentinos. Les dijimos que al cabo de tres dían nos embarcábamos para Buenos Aires y parecían envidiar muchísimo nuestra suerte, pues, según ellos, no había ciudad más hermosa y mas importante como nuestra capital. Yo también añoraba mi patria y con todo, deseaba volver a pisar su suelo...
Cuando nos dirigimos al día siguiente al puerto, para visitar el crucero, tuvimos la sorpresa de encontrar un guardia-marina, conocido nuestro, que hacía cinco años no veíamos! Tuve pena en reconocernos y a pesar de no poder ver al buque en aquellas horas, se prestó para acompañarnos y para mostrarnos el navío de guerra. De nuestro lado, nosotros lo acompañamos en Marsella y en sus hermosos alrededores.
Una tarde decidimos ir hasta “Cassis-sur-Mer” un lugar encantador, situado sobre una montaña árida y elevada, que domina el bello panorama del Mediterráneo, siempre azul en aquellas regiones templadas. Unos caminos de tierra suben a aquella colina, sobre la cual el aire más puro y suavísimo, nos trae los perfumes de las plantas meridionales. Al descender de aquel monte, fuimos hasta la playa “LesLecques” donde numerosos veraneantes viene para pescar y para juntar caracolitos al borde de la arena. Aquella playa me trajo los recuerdos de un pasado no muy lejano, cuando habitábamos para una temporada el hotel de “la Plage” y veníamos a jugar con la arena y a mojarnos los pies en el agua fría... Yo era entonces muy pequeña, pero el cuadro que nos ha sido familiar, trae a nuestra memoria una serie de hechos y hermosos recuerdos, cuando lo volvemos a contemplar.
Se acercaba ya la hora de nuestra partida y por última vez subimos hasta “Notre Dame de la Garde” la hermosa Virgen que guarda la ciudad y vela por los marinos. Le encomendamos nuestro viaje, prometiéndole volver pronto a su lado, cuando Ella lo decidiera.
Estábamos listos para irnos, ya embarcados sobre el vapor “Campana”. Conversando con nuestro amigo del 25 de Mayo, oímos las atrocidades que sucedían en España, siendo ellos los encargados de traer al suelo francés, los extranjeros que habitaban en España. Una pobre religiosa tuvo que disfrazarse de hombre para poder embarcar en aquel buque! Pero, otras cosas más que nos estuvieron contando no es nada, comparado a lo que nos refirieron los pasajeros españoles que, como nosotros estaban prontos para irse a la República Argentina.
El tiempo de la partida se acercaba. Saludamos a nuestros buenos amigos de Marsella, nuestros familiares, dándonos grandes abrazos de despedida. La campañilla del <> se hacía oír por la cubierta y la sirena comenzó a dar la señal de partida. El “Campana” retiró su ancla, y se fue alejando para nosotros, el gran puerto de Marsella, todo iluminado, y guardando las hermosas impresiones de nuestro viaje...
¡¡¡Adios Francia!!!
Teresa Lecroq, 1936.

martes, 17 de julio de 2007

Recuerdos de viaje (16)

CAPÍTULO 16: ADIOS A PARÍS

El cielo se mostraba hermoso y sereno cuando emprendimos un corto viaje hacia la Normandía, con el objeto de saludar a unos amigos que se hallan en “Le Havre”, y al paseo visitar aquellas regiones del norte de la provincia.
El viaje prosiguió muy bien hasta el pequeño pueblo de “Boos”. Al llegar casualmente cerca de la aldea de “Bourg-Baudoin” donde hace un mes habíamos hecho estallar las paredes de nuestro motor, se produce una nueva “panne”. El auto esta vez carecía de nafta, imposible, pues de avanzar un centímetro. Felizmente este contratiempo se arregló muy bien, pues llegó a pasar un enorme camión como se encuentran mucho sobre las rutas nacionales y el chauffeur hizo avisar al garagista del pueblo vecino. Está escrito que pasemos delante de “Bourg-Baudoin” nos tendremos que bajar...
Recorrimos la vieja ciudad de “Havre” que yo había visto por primera vez en las primeras etapas del viaje. Contemplamos su antiguo y enorme puerto donde acostan los buques de gran calado, y luego entramos en una pequeña iglesia desconocida, para orar a Santa Teresita, pues era aquel día del 3 de Octubre.
Nos dirigimos al fuerte de “Saint Adresse” donde se halla el “Pain de Sucre”, monumento elevado en memoria del General Conde de Hortfĕvre.
Bajando de aquella colina se ven los grandes puentes que atraviesan los canales de la ciudad, y desde aquel punto se divisan dos grandes playas del Atlántico Norte “Deauville” y “Honfleur”.
A la noche fuimos a cenar con nuestros amigos al restaurante de la “Grosse Tonne”, de típico estilo normando donde se servía una comida exquisita. Para no cambiar de programa después de la cena fuimos al cine, y al salir de él nos refugiamos en la “brasserie de Guillaume Tell”, pues afuera reinaba un frío intenso... Aun no empezaba el otoño y ya las provincias del Norte sufrían los rigores de las frías estaciones. No venían ansias de volver a contemplar el hermoso sol de “Mediodía”, allá en la luminosa Costa Azul, envuelta el la tibia atmósfera de su cielo.
Dejamos el gran pueblo y centro astillero de Francia para tomar la ruta de Saint Romaní, el pueblito natal de mis abuelitos. Volvimos a contemplar la casita donde mi padre pasó parte de su juventud y apercibimos el negocio “Vatel” otro lugar de infancia.
Después de rodar sobre el hermoso camino nacional, desde el cual veíamos extenderse las campiñas de la Normandía, sembradas en parte de manzanos y perales; llegamos a la chacra de uno amigo nuestro, muy limpia y confortable. En aquella rústica casita se fabrica la sidra, que es también la producción más importante en aquella provincia del Oeste; se cultivan las legumbres, las flores, y se crían las aves de corral.
¡Qué hermosa aquella chacrita perdida en el campo sembrado, y rodeada de un tapiz de flores! Nos alejamos de ella para correr nuevamente sobre la ancha calle reluciente, que conduce a “Runen”.
Al pasar por “Bolkecq” decidimos hacer una visita a unas primas lejanas que viven solas en una gran casa. Por primera vez hablaba yo con Elisabeth, Marguerite y Marie Louise, tres simpáticas muchachas de 30 a 35 años de edad. Tienen dos hermanas, una: Teresa, hermana de caridad, y la otra Cecilia, monja enclaustrada. Nos despedimos prometiéndonos ver dentro de dos años, y salimos para Rouen.
Bajamos en su grandiosa catedral, por segunda vez, sostenida de cada lado por la torre de “Beurre” y la torre de “Saint Romaní” y admiramos interiormente el magnífico mausoleo de los cardinales “d’Amboise”.
Nos dirigimos a la iglesia de Saint Ouen”, tan secular y hermosa como la catedral, para oír misa de 11,30 horas.
En la plaza de “du Vieux Marche” se eleva una estatua de Juana de Arco, atada sobre un tronco de piedra; en aquel sitio público la heroína fue quemada por los ingleses en 1431!
Subimos sobre una pequeña colina donde han construido la Basílica de Notre Dame du Secours” y desde aquel promontorio admiramos la ciudad de Rouen que encierra tantas bellezas y tantas reliquias y es también la patria de una de los más grandes dramaturgos: Pierre Corneille.
Tomamos el camino que bordea el Sena y pensé que el tiempo había sido bondadoso para con nosotros, pues los habitantes dicen que siempre llueve en “Rouen”.
De nuevo nos encontramos en la grandiosa capital que me pareció más animada. Y durante los pocos días que permanecimos allí, volvimos a continuar la vida agitada, tan propia de París.
Por las mañanas recorríamos las aristocráticas calles de “La Paix”, “Rívoli” y “Castiglionne” que ostentan las más lindas vidrieras de joyería, de artículos de lujo y de modas. Al recorrer esos centros se reconoce el París lujoso y original.
Al caer el día pudimos admirar las magníficas iluminaciones de la “place de la Concorde”, encuadrando el “Ministerio de Marina” y haciendo resaltar la fina silueta del Obelisco.
Al levantarme una mañana para ir a “Montmartre” el cielo estaba radiante. ¡Qué hermoso es París cuando hay sol! Visitamos el antiguo y bien típico barrio de Montmartre elevado sobre una pequeña colina que hace subir sus callejuelas, y comenzamos a subir la gran escalera que nos lleva a la Basílica del “Sagrado Corazón”, una iglesia nueva y bien situada. Al lado del “Sacré-Coeur” hay un viejísimo templo llamado “Saint Pierre de Montmartre” que data del Siglo XII! o más bien “databa” pues recientemente due reconstruido.
El último día que pasamos en París era el 12 de Octubre. Aquella fecha me transportaba a Buenos Aires. Era el Día de la Raza y el Aniversario del Congreso Eucarístico! ¡Qué fiestas aquellas que se recordaban! En París, en cambio, era un día de luto. Esa mañana enterraban al doctor Charcot que pereció con sus 32 compañeros a bordo del “Pourquoi-pas! y les rendían un gran homenaje en la isla de “Cité”. Me levanté temprano para poder llegar hasta allá y ver el desfile de tropas que acompañaban a los 33 féretros. En efecto, aquel triste espectáculo fue imponente y vi pasar la banda de músicos, el cuerpo de aviación, los marineros, militares, con sus divisiones de artillería, infantería y caballería.
A la tarde, ubicamos, no sin tristeza, las valijas y maletas en el baúl de la “Ford” y después de una calurosa despedida a los parientes y amigos, nos alejamos de la calle de “Passy” por última vez, arrancando en dirección a “Auxerre”.
A medida que cruzábamos la ciudad me iba despidiendo con pena del Louvre, del jardín “desTuileries”, del “Luxembourg” de la torre Eiffel, del Sena... en fin, de todas sus maravillas y encantos. En aquella ciudad tan atrayente, tan hermosa, tan llena de arte y de historia, admiré por última vez la espléndida perspectiva del arco del Triunfo, en el centro de la “Estrella” de París.
Teresa Lecroq, 1936.