
lunes, 30 de julio de 2007
miércoles, 18 de julio de 2007
Recuerdos de viaje (18)
CAPÍTULO XVIII: REGRESO A BUENOS AIRESNos fuimos alejando despacio de las costas españolas que ocupan toda la línea del horizonte, en aquellas horas tardías del día. Cuando la noche era ya densa apercibimos una luz lejana, que se apagaba y se iluminaba sucesivamente, a ratos largos o cortos. Aquello era un faro colocado en la entrada del peñón de Gibraltar, el cual, a la manera de telégrafo Morse, sus lucen indicaban letras o señalas. Supe después que a cada buque que pasa a lo largo de la costa, se le pregunta su nombre.
Al pasar el estrecho apercibimos la ciudad de “Tánger” la cual, de lejos, parecía un gran vapor que avanzaba en la obscuridad.
Nuestra vida a bordo era parecida al viaje de ida, donde aprovechábamos de los ratos apacibles del mar, para entregarnos a los juegos de la cubierta. Lo que sí, creo que no cabía en el barco una sola persona más. La mayoría de los pasajeros eran otros escapados de España, restos de familias, enlutadas y entristecidas por la pérdida de algún hijo o hermano. Viajaba a bordo el cónsul uruguayo en España, que acababa de presenciar la muerte de sus tres hermanas, perseguidas por los comunistas y acusadas de haber albergado a algunas religiosas en sus departamentos.
Cuando legamos a Montevideo, recién supe que llevaban sus restos, al desembarcar tres ataúdes en el muelle..
Otro señor andaluz, escapado como por milagro de la muerte, pues estuvieron a punto de fusilarlo, al hacer el “paseo” por la ciudad, venía también a buscar en Buenos Aires, un refugio para él y para su familia.
A pesar de todo, puedo decir que la alegría reinó en el barco, durante toda la travesía. Se hallaba a bordo el tenor F. Arregui y su esposa Estrella Ribera, que se prestaron gentilmente, para cantarnos algunas canciones españolas: “Te quiero”, “El trust de los tenorios” y otras piezas que ambos artistas interpretaban muy bien. Este fue el “número” más aplaudido durante las fiestas del pasaje de la línea, ilustrado también por las “chansons” de “Georges”, un cancionista de radio, y por las melancólicas interpretaciones de un señor rumano que acompañaba sus canciones con el piano.
El cine no nos faltaba, pero el único inconveniente de las cintas, es que eran de “avant-guerre” al juzgar por las modas femeninas y por el mutismo de los actores.
Nuestras diversiones eran múltiples: juegos de “croquet”, de cartas, carreras, bailes, juegos de salón, caminatas por el puente superior, “deak-tennis”, lectura; solo dejaba yo todo aquello para admirar ese inmenso mar, que nos envolvía con el ruido sordo de sus aguas. A veces se desplegaba luminoso y azul y a medida que el día declinaba se volvía más sereno, como la superficie de un lago. Los crepúsculos del mar don divinamente imponentes y bellos. Otras veces el mar balanceaba el buque con un movimiento monótono y yo detestaba aquellas horas que me traía el malestar del “mal del mar”...!
Estoy persuadida que cuando se viaja, tiene uno en ocasiones de ver cosas muy raras. El señor rumano que tan bien cantaba, poseía a bordo un singular aparato que yo, hasta que no lo vi con mis propios ojos, no quise creer que tenía la propiedad de hacer desaparecer los objetos, cualesquiera que fueran. Me hizo una demostración en su camarote, y yo cuando vi que me ponían delante un vaso, una jabonera o un monedero, y que desaparecían lentamente hasta quedar el vacío, me quedé pasmada, preguntándome si no tenía visiones. Este buen señor para complacerme, colocó un vaso, con vino, y al rato el líquido fue esfumándose poco a poco, como tomando la claridad de la transparencia, hasta quedar el vaso solo. Lo mismo hizo con una billetera: los mil francos desaparecieron y la billetera quedó bien visible. Estoy segura que todo esto debe ser el efecto de unos rayos, imperceptible a la vista del humano. Hacía 3 meses un modesto muchacho había inventado este aparato y el rumano le compró el secreto, para poder aplicar esta máquina en reclames, teatros y hasta nos preguntamos si un día no serviría para la guerra.
Otra cosa original que tenía un señor de 2ª clase, es un “circo de pulgas”; no es que las tenga amaestradas en su gran estuche, todo forrado de pieles, las ata solamente de un finísimo alambre y estos minúsculos animales van tirando toda clase de vehículos, aviones, autos, coches para bebés, cañoneras, que son tan pequeños como lo es la pulga. Estos instrumentos son verdaderas joyas, por ser tan minúsculos y tan bien hechos. A través de un microscopio se puede ver el hilo que une al insecto con los cochecitos que tiene que arrastrar. Además tiene una pelotita, bien minúscula con que juega y distrae a los espectadores. El propietario de este “circo” quiere instalarse en la “Costanera”, pero hasta hoy no he oído hablar de él.
Las escalas fueron las mismas que a la ida, pero por el hecho de haberlas visto muchas veces, vuelvo con gusto a encontrarme con ellas y a conocer mejor sus hermosos parajes...
Alfred de Vigny dijo: <
El viaje tocó a su término y todo ya ha concluido; me parece haber vivido una película de cine que pasa rápida y hermosa. ¡Cuántas cosas bellas deleitaron mis ojos y emocionaron dulcemente mi alma! Cuando recuerdo aquel recorrido a través de Francia, pienso que el mejor placer es el de comunicarse con la naturaleza y de contemplar con los propios ojos aquellas bellezas que se leyeron y que uno deseaba ver algún día.
Todo quedó en mi mente como un hermoso sueño, y si bien todo está mal escrito y mal expresado, he tenido por lo menos la sensación de haberlo vivido y haber gozado de él.
Con un “adiós” concluyo mi diario y digo: “¡hasta el próximo viaje!” que será cuando Dios lo decida.
Teresa Lecroq.
Buenos Aires, 9 de Noviembre de 1.936.
Recuerdos de viaje (17)
CAPÍTULO 17: PARÍS-COSTA AZULCruzamos la magnífica selva de Fontainebleu, donde se respira el frescor del follaje, aun iluminada por el sol del atardecer,que daba más lozanía a sus árboles corpulentos.
Emprendimos camimo hacia “Leus” arrancando así en la carretera nacional de “Paría ā la Côte d’Azur”. El paisaje de aquellas regiones es muy suave; por todas partes se extienden campos sembrados, como formando sobre la tierra, grandes cuadriláteros de diferentes dibujos. En aquellos aprajes los árboles de sombra abundan y uno se quedaría contemplando largo rato, esa naturaleza alegre, que se despliega a la vista y embellece al viajero.
Al anochecer llegamos a “Auxerres” para pasar lanoche y ya comenzábamos a sentir los rigores del frío que a uno lo sorprende en las horas avanzadas.
Al día siguiente emprendimos nuevamente el viaje, con cierta pena en el alma, pues pensábamos que era aquel paseo, el último recorrido a través del territorio francés. Nos bajamos en “Saulien” donde almorzamos en la viejísima posada del “Hotel de la Poste” que tanto nos había recomendado un amigo, sobre todo bajo el punto de vista gastronómico. En ese gentil “auberge” venían antiguamente las diligencias para cambiar sus caballos y dejar que sus pasajeros descansasen.
El paisaje que costea el Saona recuerda a veces aquel de la Champagne donde se ven por todas partes las lomas sembradas de viñedos.
Pasamos por “Villefranche-sur-Yorme” y llegamos a Lyon cuando nuestro reloj marcaba las 5 y media. Para mi gran extrañeza, a esa hora el día decae completamente y la noche avanza con rapidez para cubrir aquellas regiones. El color de los árboles se torna medio-oro, medio-rojizo; es el otoño de Francia que hace caer las hojas y acrecienta las corrientes. Los viñedos se mueren a causa de la helada y hemos oído decir por unos paisanos en el curso de nuestro camino, cuánta tristeza les trae estos vientos fríos, que los deja en la miseria y devasta sus hermosas campiñas.
Llegamos a la majestuosa ciudad de Lyon, atravesada por el Ródano, desde la cual sobre una cierta altura, se ve claramente la separación de las dos aguas de dos grandes ríos, el “Rliône” y el “Saône”.
Queríamos llegar antes del anochecer a “Marsella”, y aun nos faltaba un buen trecho. El tiempo se puso grisáceo comenzando a caer una pequeña llovizna que humedecía el cemento de la ruta. Esta humedad fue causa de un pequeño accidente que nos ocurrió, antes de llegar a “Orange”, cuando ya habíamos cruzado las ciudades de “Valence” y “Montélimar”. Si bien este contratiempo no fue grave, nos dio sin embargo, un grandísimo susto.
Mi hermana manejaba pacíficamente el coche que corría a 90 Km., cuando de pronto se nos presentó a lo lejos un enorme puente de piedra sobre el cual para el tren de “París-Menton”. Detrás de esa gran arcada, se halla un recodo brusco y pronunciado,, tras el cual yo imaginaba plácidamente sentada en el fondo del auto, siguiendo el cuadro triste de la naturaleza, sorprender otro aspecto del paisaje que parecía girar a nuestro alrededor, cada vez que dábamos vueltas en el camino.
La ruta estaba muy resbaladiza y al llegar abajo del “famoso” puente las ruedas del coche patinaron insensiblemente y, sin poder contener la dirección que ya no obedecía al volante, y que seguía su propio capricho, fuimos a chocar sobre la pared del puente! El golpe hizo volver el coche hacia atrás, pero dando una vuelta sobré sí mismo, como danzando sobre el cemento húmedo.
Sí, me acuerdo bien, gritamos todos; papá rompió el mapa que tenía entre las manos, mamá me agarró del pescuezo y yo de la manija de la puerta. Estábamos sucesivamente pálidos y rojos, cuando ya vimos seguros que el auto no se movería más, tomamos una pequeña dosis de “armaniac” un licor reconfortante que nos trajo a las mejillas los colores naturales! Felizmente no hubo grandes desastres: un guardabarros roto y el paragolpes torcido. Lo que aumentó nuestro susto, fue que al chocar veíamos llegar por el lado del recido un enorme camión, que si venía ligero, se encontraba con nosotros, y entonces, sí, le decíamos adiós a nuestra vida...!
Seguimos pues camino hasta Orange y nos quedamos en “Avignon” para reconfortar tanto nuestro apetito como nuestras emociones.
Con este tiempo fue imposible hacer la carrera con el “expreso” de París-Menton, que corre paralelamente a la ruta nacional, como lo hice el día anterior cuando brillaba el sol y soplaba una ligera brisa por los campos. Ese día el tren corría más o menos a 90 Km. por hora y yo que estaba al volante, me apresuré a ganarlo, apretando el acelerador hasta que marcase 100 Km.
En efecto, al recuperar su marcha lo dejé pronto atrás y a veces éste me alcanzaba y yo de nuevo me entusiasmaba con la velocidad hasta pasarlo, tentada de mirarlo para observar el rápido movimiento de sus ruedas de hierro.
Los espectadores de esta carrera, eran un grupo de soldados que miraban desde la ventanilla del tren, adivinando que la liviana Ford, quería a todo trance, ganar la marcha de la gruesa locomotora, chirriante y sonora.
Pasamos por “Aix-en-Provence” y antes que nos sorprendiera la noche, llegamos a Marsella, nuestra última etapa!
Casualmente, durante los últimos días que permanecimos en la ciudad provenzal, llegó al pueblo marsellés el crucero argentino “25 de Mayo”. Estábamos contentos de ver en Francia nuestros marinos porteños, y cuando apercibimos sobre la “Camebiēre” una gorra del “25 de Mayo”, nos acercamos para hablar un rato con esos argentinos, contentos de no verse tan extranjeros, y de poder conversar su lengua natal. En efecto, no entendían una sola palabra francesa. Nos contaron el recorrido de su viaje: habían salido de la capital para acostar en los puertos brasileños y el Dakar. Recién venían de Alicante donde habían ido a buscar 30 refugiados argentinos. Les dijimos que al cabo de tres dían nos embarcábamos para Buenos Aires y parecían envidiar muchísimo nuestra suerte, pues, según ellos, no había ciudad más hermosa y mas importante como nuestra capital. Yo también añoraba mi patria y con todo, deseaba volver a pisar su suelo...
Cuando nos dirigimos al día siguiente al puerto, para visitar el crucero, tuvimos la sorpresa de encontrar un guardia-marina, conocido nuestro, que hacía cinco años no veíamos! Tuve pena en reconocernos y a pesar de no poder ver al buque en aquellas horas, se prestó para acompañarnos y para mostrarnos el navío de guerra. De nuestro lado, nosotros lo acompañamos en Marsella y en sus hermosos alrededores.
Una tarde decidimos ir hasta “Cassis-sur-Mer” un lugar encantador, situado sobre una montaña árida y elevada, que domina el bello panorama del Mediterráneo, siempre azul en aquellas regiones templadas. Unos caminos de tierra suben a aquella colina, sobre la cual el aire más puro y suavísimo, nos trae los perfumes de las plantas meridionales. Al descender de aquel monte, fuimos hasta la playa “LesLecques” donde numerosos veraneantes viene para pescar y para juntar caracolitos al borde de la arena. Aquella playa me trajo los recuerdos de un pasado no muy lejano, cuando habitábamos para una temporada el hotel de “la Plage” y veníamos a jugar con la arena y a mojarnos los pies en el agua fría... Yo era entonces muy pequeña, pero el cuadro que nos ha sido familiar, trae a nuestra memoria una serie de hechos y hermosos recuerdos, cuando lo volvemos a contemplar.
Se acercaba ya la hora de nuestra partida y por última vez subimos hasta “Notre Dame de la Garde” la hermosa Virgen que guarda la ciudad y vela por los marinos. Le encomendamos nuestro viaje, prometiéndole volver pronto a su lado, cuando Ella lo decidiera.
Estábamos listos para irnos, ya embarcados sobre el vapor “Campana”. Conversando con nuestro amigo del 25 de Mayo, oímos las atrocidades que sucedían en España, siendo ellos los encargados de traer al suelo francés, los extranjeros que habitaban en España. Una pobre religiosa tuvo que disfrazarse de hombre para poder embarcar en aquel buque! Pero, otras cosas más que nos estuvieron contando no es nada, comparado a lo que nos refirieron los pasajeros españoles que, como nosotros estaban prontos para irse a la República Argentina.
El tiempo de la partida se acercaba. Saludamos a nuestros buenos amigos de Marsella, nuestros familiares, dándonos grandes abrazos de despedida. La campañilla del <
¡¡¡Adios Francia!!!
Teresa Lecroq, 1936.
martes, 17 de julio de 2007
Recuerdos de viaje (16)
CAPÍTULO 16: ADIOS A PARÍSEl cielo se mostraba hermoso y sereno cuando emprendimos un corto viaje hacia la Normandía, con el objeto de saludar a unos amigos que se hallan en “Le Havre”, y al paseo visitar aquellas regiones del norte de la provincia.
El viaje prosiguió muy bien hasta el pequeño pueblo de “Boos”. Al llegar casualmente cerca de la aldea de “Bourg-Baudoin” donde hace un mes habíamos hecho estallar las paredes de nuestro motor, se produce una nueva “panne”. El auto esta vez carecía de nafta, imposible, pues de avanzar un centímetro. Felizmente este contratiempo se arregló muy bien, pues llegó a pasar un enorme camión como se encuentran mucho sobre las rutas nacionales y el chauffeur hizo avisar al garagista del pueblo vecino. Está escrito que pasemos delante de “Bourg-Baudoin” nos tendremos que bajar...
Recorrimos la vieja ciudad de “Havre” que yo había visto por primera vez en las primeras etapas del viaje. Contemplamos su antiguo y enorme puerto donde acostan los buques de gran calado, y luego entramos en una pequeña iglesia desconocida, para orar a Santa Teresita, pues era aquel día del 3 de Octubre.
Nos dirigimos al fuerte de “Saint Adresse” donde se halla el “Pain de Sucre”, monumento elevado en memoria del General Conde de Hortfĕvre.
Bajando de aquella colina se ven los grandes puentes que atraviesan los canales de la ciudad, y desde aquel punto se divisan dos grandes playas del Atlántico Norte “Deauville” y “Honfleur”.
A la noche fuimos a cenar con nuestros amigos al restaurante de la “Grosse Tonne”, de típico estilo normando donde se servía una comida exquisita. Para no cambiar de programa después de la cena fuimos al cine, y al salir de él nos refugiamos en la “brasserie de Guillaume Tell”, pues afuera reinaba un frío intenso... Aun no empezaba el otoño y ya las provincias del Norte sufrían los rigores de las frías estaciones. No venían ansias de volver a contemplar el hermoso sol de “Mediodía”, allá en la luminosa Costa Azul, envuelta el la tibia atmósfera de su cielo.
Dejamos el gran pueblo y centro astillero de Francia para tomar la ruta de Saint Romaní, el pueblito natal de mis abuelitos. Volvimos a contemplar la casita donde mi padre pasó parte de su juventud y apercibimos el negocio “Vatel” otro lugar de infancia.
Después de rodar sobre el hermoso camino nacional, desde el cual veíamos extenderse las campiñas de la Normandía, sembradas en parte de manzanos y perales; llegamos a la chacra de uno amigo nuestro, muy limpia y confortable. En aquella rústica casita se fabrica la sidra, que es también la producción más importante en aquella provincia del Oeste; se cultivan las legumbres, las flores, y se crían las aves de corral.
¡Qué hermosa aquella chacrita perdida en el campo sembrado, y rodeada de un tapiz de flores! Nos alejamos de ella para correr nuevamente sobre la ancha calle reluciente, que conduce a “Runen”.
Al pasar por “Bolkecq” decidimos hacer una visita a unas primas lejanas que viven solas en una gran casa. Por primera vez hablaba yo con Elisabeth, Marguerite y Marie Louise, tres simpáticas muchachas de 30 a 35 años de edad. Tienen dos hermanas, una: Teresa, hermana de caridad, y la otra Cecilia, monja enclaustrada. Nos despedimos prometiéndonos ver dentro de dos años, y salimos para Rouen.
Bajamos en su grandiosa catedral, por segunda vez, sostenida de cada lado por la torre de “Beurre” y la torre de “Saint Romaní” y admiramos interiormente el magnífico mausoleo de los cardinales “d’Amboise”.
Nos dirigimos a la iglesia de Saint Ouen”, tan secular y hermosa como la catedral, para oír misa de 11,30 horas.
En la plaza de “du Vieux Marche” se eleva una estatua de Juana de Arco, atada sobre un tronco de piedra; en aquel sitio público la heroína fue quemada por los ingleses en 1431!
Subimos sobre una pequeña colina donde han construido la Basílica de Notre Dame du Secours” y desde aquel promontorio admiramos la ciudad de Rouen que encierra tantas bellezas y tantas reliquias y es también la patria de una de los más grandes dramaturgos: Pierre Corneille.
Tomamos el camino que bordea el Sena y pensé que el tiempo había sido bondadoso para con nosotros, pues los habitantes dicen que siempre llueve en “Rouen”.
De nuevo nos encontramos en la grandiosa capital que me pareció más animada. Y durante los pocos días que permanecimos allí, volvimos a continuar la vida agitada, tan propia de París.
Por las mañanas recorríamos las aristocráticas calles de “La Paix”, “Rívoli” y “Castiglionne” que ostentan las más lindas vidrieras de joyería, de artículos de lujo y de modas. Al recorrer esos centros se reconoce el París lujoso y original.
Al caer el día pudimos admirar las magníficas iluminaciones de la “place de la Concorde”, encuadrando el “Ministerio de Marina” y haciendo resaltar la fina silueta del Obelisco.
Al levantarme una mañana para ir a “Montmartre” el cielo estaba radiante. ¡Qué hermoso es París cuando hay sol! Visitamos el antiguo y bien típico barrio de Montmartre elevado sobre una pequeña colina que hace subir sus callejuelas, y comenzamos a subir la gran escalera que nos lleva a la Basílica del “Sagrado Corazón”, una iglesia nueva y bien situada. Al lado del “Sacré-Coeur” hay un viejísimo templo llamado “Saint Pierre de Montmartre” que data del Siglo XII! o más bien “databa” pues recientemente due reconstruido.
El último día que pasamos en París era el 12 de Octubre. Aquella fecha me transportaba a Buenos Aires. Era el Día de la Raza y el Aniversario del Congreso Eucarístico! ¡Qué fiestas aquellas que se recordaban! En París, en cambio, era un día de luto. Esa mañana enterraban al doctor Charcot que pereció con sus 32 compañeros a bordo del “Pourquoi-pas! y les rendían un gran homenaje en la isla de “Cité”. Me levanté temprano para poder llegar hasta allá y ver el desfile de tropas que acompañaban a los 33 féretros. En efecto, aquel triste espectáculo fue imponente y vi pasar la banda de músicos, el cuerpo de aviación, los marineros, militares, con sus divisiones de artillería, infantería y caballería.
A la tarde, ubicamos, no sin tristeza, las valijas y maletas en el baúl de la “Ford” y después de una calurosa despedida a los parientes y amigos, nos alejamos de la calle de “Passy” por última vez, arrancando en dirección a “Auxerre”.
A medida que cruzábamos la ciudad me iba despidiendo con pena del Louvre, del jardín “desTuileries”, del “Luxembourg” de la torre Eiffel, del Sena... en fin, de todas sus maravillas y encantos. En aquella ciudad tan atrayente, tan hermosa, tan llena de arte y de historia, admiré por última vez la espléndida perspectiva del arco del Triunfo, en el centro de la “Estrella” de París.
Teresa Lecroq, 1936.
Recuerdos de viaje (15)
¡Con qué gusto me familiaricé nuevamente con su “Bois de Boulogne”, sus concurridos boulevares y sus parejes antiguos que me eran conocidos!
Mezclándonos, propiamente dicho, a la vida parisiense, nos ocupábamos también de su movimiento teatral que atrae con tanta insistencia a tanta gente.
Una tarde pues, fuimos al teatro y nos pusimos a presenciar una pieza de lo más original. Ésta tenía por título: “¿qui?” “(¿quién?). Digo que es original porque los mismos espectadores hacer de actores, cosa que solo se ve en París
Antes e presentar la renombrada pieza, el programa da una serie de prestidigitaciones demostradas por un renombrado fakir. Éste llama a escena, para una de las pruebas, a cualquier espectador. Yo miraba atentamente aquellas misteriosas operaciones del brujo, cuando oí en la sala un estrépito que me hizo sobresaltar. Entonces en aquel momento el adivinador cesa de trabajar porque uno de los espectadores ha caído herido sobre la escena. Se produce una agitación jamás vista en la sala, hablan por teléfono a la policía, el director del teatro viene para disculparse ante nosotros, y mientras tanto llegan los vigilantes que ordenan al público permanecer en sus asientos, sin salir, para poder detener al culpable. Yo no sabía si reír o espantarme ante este acontecimiento trágico que viene a interrumpir al prestidigitador; No sabía si todo esto era en broma o en serio... Suspenden luego la función y solo permiten al público bajar al “hall” a condición de no pasar la puerta, y para ello, dos severos agentes de policía, cuidan la entrada. El detective también llegó y un médico que ahí se encontraba, fue llamado, para atender al enfermo que ya había expirado! Avisan de la policía que el público está arrestado y ha de ser revisado y llevado a la comisaría. Pero en ese momento el fakir propone al inspector de hacer una experiencia con la “transmisión de pensamiento” y descubrir de esa manera al culpable, al asesino, que forzosamente se encuentra sobre los bancos, pues el tiro fue proyectado desde las butacas. Sin embargo sospechan de los ayudantes, del médico, del individuo que subió la prueba, y deducen que no puede ser y que el criminal se halla entre los espectadores.
El fakir hace revivir la escena del crimen, la joven que antes había hablado, vuelve a sentarse y a repetir las palabras mientras, en un silencio profundo se oye la voz del muerto... En aquel momento el médico se levanta de repente, y con una voz temblorosa niega todo aquello sacudiendo furiosamente sus miembros y... adelantándose él mismo de esta manera, el fakir ya descubrió al asesino y la representación vuelve a continuar.
Esta pieza es muy bien llevada por el genio original de los directores parisienses, y en realidad nosotros también tuvimos en “¿qui?” un papel bastante importante. Sin nosotros los espectadores, la pieza no se puede llevar a cabo...!
Aquella tarde lloviznaba imperceptiblemente sobre las calles de París, cuando nos dirigimos al “Bourget”, el campo de aviación más importante. Un avión se preparaba para emprender vuelo hacia Suiza, y llegamos a tiempo para verlo arrancar del suelo y elevarse suavemente por los aires, con su ensordecedor ruido de motor. Se fue alejando, pareciendo su silueta la de un inmenso pájaro que planea sobre la tierra.
¡Cuánto hubiera querido también, elevarme del suelo y recorrer durante varios instantes los espacios para contemplar el panorama de París y del Buorget, semejantes desde arriba a las maquetas de yeso que se colocan en las exposiciones! ¿Qué podíamos ver con aquella pared de neblina, en un avión? Solamente un valle de nubes livianas que nos impedirían ver nuestro panorama. Renunciando pues a este proyecto, emprendimos el camino de regreso.
Durante las semanas lluviosas en París, solucionábamos de pasar la tarde en los cines, que tan concurridos están allá. Creo que durante nuestra estadía en Francia, muy pocas fueron las noches en que nos dormimos temprano. También, calculando el poco tiempo que permaneceríamos en este país, tratábamos de aprovechar nuestras hermosas vacaciones con toda clase de distracciones; allá una de las principales es el cine y el teatro.
Una tarde que fuimos a pasear en auto al “Bois de Boulogne” nos sucedió, que no teniendo más agua en el motor de la “Pelirroja”, dio la casualidad que pasara a nuestro lado un auto con la chapa “Ciudad de Buenos Aires”. Sin saber qué hacer, allí parados en medio del bosque, uno de mis hermanos descendió del coche y fue corriendo detrás del automóvil que iba a paso lento, paseando la familia. Estas buenas personas se habían embarcado en la Argentina para ir a España, pero al declararse la guerra civil, no tuvieron más remedio que venir a Francia. Yo oía hablar con gusto el lenguaje porteño, pero sentía nostalgias al pensar que, cuando lo estuviera hablando, habría abandonado el hermoso suelo francés.
Las tardes el París fueron agradables, algunas veces caminábamos desde el hotel “Regina” hasta la “Torre Eiffel”, observando a nuestro paso las construcciones para la grandiosa Exposición Internacional que se prepara. Otras veces íbamos a visitar el “Concours Lépine” donde se exponen las nuevas invenciones en materia de instrumentos domésticos. Pudimos conocer algunas muy ingeniosas.
La visita al “Museo Grevin” fue de lo más interesante. Se ve en él una multitud de personajes célebres reproducidos en cera, tales como el presidente Lebrun, Mussolini, Stalin, Hitler, Larroque, algunos artistas como la G. Garho, Marlene Dietrich, Charles Boyer, Ramón Novarro, etc. Han reproducido igualmente escenas de la Revolución Francesa, de la Pasión de Cristo, de Santa Juana de Arco, de la Prisión de Luís XVI, de los mártires romanos, etc.
Esa noche teníamos que acostarnos temprano para partir a las 7 horas hacia “Châteaudun”, donde se halla, como ya dije, la tumba de mi abuelito paterno.
El tiempo estaba lluvioso. Salimos de París por la “Puerta de Versailles”, cruzamos Rambouillet, Chartres, las suaves campiñas de aquella región humedecidas por la lluvia e impregnadas de un triste grisáceo. La ruta era bastante derecha y resbaladiza. Hacia mediodía llegamos a “Châteaudun” dirigiéndonos al cementerio de aquel pueblito, para depositar unas flores sobre la tumba de Luís Oscar Lecroq, y como la otra vez, volvimos a penetrar, en la vasta iglesia de la Madeleine, tan fría y obscura como antes.
Al regreso pasamos por Saint Jean y al cruzar Versailles, admiramos exteriormente la esplendorosa y magnífica fachada del castillo, la obra capital del reino de Luís XIV! ¡Cuánto deseo ver interiormente su deslumbrante galería de los espejos, sas salas de la “guerra” y de la “paz”, su plaza de “mármol” y pasearme en sus encantadores jardines! Si no pude hacerlo, no pierdo las esperanzas de hacerlo en el próximo viaje...!
Teresa Lecroq, 1936.
domingo, 15 de julio de 2007
Recuerdos de viaje (14)

CAPÍTULO 14: LORENA SANGRIENTA Y EL CHAMPAGNE INDUSTRIAL
Por un espléndido camino nos dirigimos a “Nancy” pasando por “Baccarat” y “Lunéville”, dos grandes centros de cristalerías.
Entramos en la gran plaza “Stanislas” de Nancy, según dicen la más hermosa del mundo, no por lo que contiene, pues no hay en ella ni parque ni jardín, ni flores, solo tiene un gran pedestal sobre el cual se eleva la estatua del rey polaco. Es la más linda a causa de las seis grandes puertas de hierro dorado que han levantado desde 6 puntos distintos siguiendo la línea de casas viejas y enormes construidas a su alrededor y como encerrado en aquel centro que han consagrado al Rey Stanislas.
“Nancy” es menos interesante que “Stasburg”, pero por momentos uno se creería en París al mirar sus anchas avenidas bordeadas de árboles. Caminamos un buen rato en el hermoso jardín de la “Pepinierè” vasto y arraglado con gusto. Nos encontramos con la “Puerta” de Nancy construida en el año 1.300!
Después de recorrer sus antiguas calles llenas de monumentos viejos e históricos, decidimos salir para “Verdun”.
Al lado de la coqueta posada del “Cog Ardí” donde habíamos bajado, se eleva un monumento funerario, levantados en memoria de los caídos en la guerra de 1.914. Esta ciudad está aun impregnada de los recuerdos más dolorosos de la última guerra y a sus alrededores se ven por todas partes vestigios de sus batallas; solamente al pronunciar el nombre de esa ciudad, acuden a mi mente la serie de acontecimientos trágicos que llenaron la historia de hechos terribles.
Decidimos emplear la tarde en visitar los fuertes, los campos de batalla y los elementos militares de aquella región, sacudido sin tregua durante el período de la invasión alemana. Comenzamos la “tournée des foros” visitando el de “Meaux”, que nadie ha tocado, desde que terminó la guerra. Un guía nos introdujo en el interior de aquellas galerías subterráneas, construidas por los franceses, donde las paredes húmedas cierran corredores estrechos, donde la luz del día no penetra y el aire se enrarece.
Entramos en un cuarto vacío y frío, hecho para 50 o 60 soldados, pero ocupado durante la guerra por 600 hombres. A estos dormitorios les han dado el nombre de “casmas”. El aumento de este batallón hizo que se produjera una de las más terribles catástrofes: la de la falta de agua. Fue por esta causa que el fuerte de Meaux se perdió en parte, y por lo tanto recuperado por los alemanes. Siguen a este cuarto una capilla, más lejos el cuarto del general que comandaba la división y aun quedan algunas “casmas” tan reducidas como la primera. En ese lugar obscuro, habían sufrido los soldados, las terribles angustias del momento, allí habían padecido hambre, sed, los tormentos de la espera y allí morían mientras oían arriba el ruido de las balas y el estruendo del cañón.
Algo impresionados por la visita a este antiguo cuartel subterráneo, armado para defender el suelo francés, nos dirijamos a un lugar más triste: a la “tranchée des baïonnettes”.
Exteriormente presenta la forma de una galería cubierta por un techo de piedra. >Bajo esa bóveda los soldados franceses habían construido una trinchera y al estallar un obús que los alemanes habían tirado encima, todos los hombres que se encontraban en el foso con sus bayonetas sobre el hombro fueron enterrados vivos por la tierra que se levantó bruscamente y que cayó sobre ellos instantáneamente. Sobre aquella tierra que aun permanece intacta se ven salir a flor de tierra las puntas de los fusiles enmohecidas por el tiempo. Sobre sus cañones penden rosarios viejos que tienen color terroso y que van pudriéndose por la humedad, que seguramente unas viudas desconsoladas han depositado apenas levantaron el monumento funerario.
Después de contemplar este singular cementerio, salimos para visitar el “Ossuaire”. Consiste en un grandioso edificio moderno, alzado en medio de los campos heridos, que extiende sus dos grandes brazos de piedra, para proteger a los muertos, y guardar religiosamente sus restos.
Ante la inmensa fachada del Ossuaire, donde han depositado osamentas de cuerpos encontrados dispersos en la tierra, se halla una inmensa extensión de cruces blancas que cubren aquel suelo como si fuera un campo de espigas extendiéndose hasta perderse de vista.
Confundiéndose con el enorme grupo de cruces, se divisan unas tablas blancas, plantadas verticalmente: son las tumbas de los soldados musulmanes. Aquel enorme cementerio que rodea el Ossuaire donde reinaba un profundo y triste silencio, hacía pensar en las terribles escenas de la guerra que vino a sembrar de luto estos lugares y a cubrirlos de cruces debajo de las cuales yacen los cadáveres gloriosos, muchos desconocidos, no habiendo podido ser identificados.
Siguiendo el camino que nos muestra las regiones invadidas, pasamos por el célebre “ravin de la mort”, una inmensa trinchera que los soldados surcaron detrás de un pequeño monte; la ruta rodea el foso donde tantos franceses no pudieron escapar de la muerte! El terreno de esos lugares es irregular y está sembrado por todas partes de hoyos, producidos por los obuses al tocar éstos el suelo. Al pasar veíamos unos troncos viejos, quemados, cuyas siluetas retorcidas parecían yacer allí y excitar el dolor de los que pasan, allí donde la naturaleza fue violada por las luchas sangrientas que tuvieron la Lorena por teatro. No tardamos en apercibir también los alambres de separación enredados y torcidos, arrancados violentamente del suelo, donde los hilos de comunicación fueron cortados y que ahora se arrastran, mudos de dolor y llorando sobre la tierra que embebió tanta sangre.
Llegamos al “foro de Duaumont”, más importante que el anterior y construido a 7 u 8 metros bajo tierra. Éste es más vasto, más ancho, pero tan húmedo y lúgubre como el fuerte de Veaux.
De tiempo en tiempo apercibíamos algunas “canteras”, montañas donde habían extraído grandes bosque de tierra para construir los fuertes y trincheras.
Sobre la ruta tropezamos con un pequeño monumento, al pie del cual habían depositado algunas piedras. Este monumento indica que en ese lugar existió el pequeño pueblo de “Fleury” del cual solo quedan algunas piedrezuelas. Y así andando, veíamos por doquier los recuerdos vivos de la gran guerra de 1.914 que sacudió terriblemente las provincias del Este.
Volvimos a Verdun pasando por los pueblitos de “Bras” y “Belleville” que fueron totalmente reconstruidos el 1.918; desde aquella ciudad tomamos la ruta en dirección a Reims. El camino es recto encuadrado por un paisaje llano, verdoso, y formado por unas lomas suaves que se pierden insensiblemente, dejando a la ruta su monotonía habitual.
Unos 11 Km. antes de llegar a Reims nos paramos en el fuerte de “Pompelle” el más sacudido y más peligroso. Aun se ven sobre la capa verdosa que lo recubre y que lo disimula, la marca profunda de los obuses, que dejaron por todas partes grandes huellas y se aperciben en él algunos agujeros, hechos para brindar aire a los soldados encerrados. Una profusión de alambrados lo circundan también, todos destruidos y violados.
Al anochecer llegamos a la gran ciudad de “Champagne”, y recorrimos sus anchas calles iluminadas, mientras el movimiento nos distraía de aquellos recuerdos funestos dispersados en los campos de la Lorena.
Antes de recorrer la ciudad para curiosear sus monumentos, nos dirigimos hacia los establecimientos “Pommery-Greno” para visitar sus renombrados sótanos donde se elabora el riquísimo vino que engendra el enorme comercio de “Reims”.
Bajo todo punto de vista esta inspección fue interesante. Nuestros amigos, el señor Calvet y Podestá, grandes directores de casas de vinos, nos habían recomendado de visitar aquellas famosas bodegas donde tantos hombres trabajaban en las producciones vinícolas; y así fue que al nombrarlos, uno de los directores de la fábrica “Pommery”, nos recibió muy amablemente tributándonos una simpática acogida. Este buen señor, a medida que cruzábamos las vastas salas del establecimiento, nos explicaba la evolución de la elaboración del vino.
Antes de demostrarnos la transformación del jugo de la uva, que también se cultiva en la tierra de “Champagne”, insistió en mostrarnos la instalación de ese edificio.
Bajamos a las profundidades de los sótanos, donde se extienden galerías larguísimas y frías, de 18 Km. de longitud y al pisar el suelo, estábamos a 35 metros bajo tierra. Es una verdadera ciudad interior; cada corredor tiene su nombre, como si fueran anchas calles de un pueblo. La primera que apercibimos al entrar fue la calle “Buenos Aires...” (como nuestro amigo era el guía, supongo que fue una gentileza de él).
Lo más curioso es que aquellas galerías subterráneas no fueron especialmente construidas para las bodegas, sino que la naturaleza se encargó de formar esos terrenos con capas calcáreas, y no hubo más que escarbar la tierra para que se formaran en seguida corredores naturales, que tienen la misma temperatura en verano que en invierno.
Durante la guerra de 1914, estando “Reims” invadida y bombardeada por los alemanes, la mayoría de su población se refugió en sus sótanos. Esta gente que alcanzaba el número de 2.000 personas, permaneció allí 4 años sin tener conciencia de lo que pasaba sobre su suelo; y durante la epidemia de fiebre española que hacía estragos en la región, los que se refugiaban allí no sufrieron el menor mal. En aquellas viviendas subterráneas donde hoy se fermentan los vinos, hubo nacimientos, a pesar de la poca cantidad de aire que circulaba, y de la estricta alimentación con que podían proveerse. El edificio exterior fue totalmente destruido, pero los obuses del enemigo no llegaron a tocar las construcciones de “Pommery”.
Para llegar hasta el piso más bajo, descendimos 116 escalones y pudimos contemplar una serie de cajones de fierro donde se conservan las botellas durante 5 años, hasta que el líquido haya depositado los sedimentos que contiene. Otras galerías tienen la pared enteramente recubierta de una capa de botellas. Después que la uva es prensada y separada de la pulpa, el jugo se coloca en barriles y allí es fermentado, es decir, el azúcar del zumo se convierte, por propiedad de la naturaleza, en gas carbónico y alcohol. El jugo resiste a dos fermentaciones. A la segunda se le coloca en botellas, y como ya dije, antes de 6 o 6 años no se lo retira de su cajón, mientras la mano del hombre viene cada día a “remover”· su contenido, para que coloque sobre el corcho las impurezas que tiene.
Pasado este tiempo, se destapan las botellas y al retirar su tapón, sale un chorro de espuma, y con ella los sedimentos, dejando el vino completamente límpido. Se congela luego la espuma restante, y una vez asegurada su congelación se coloca o no el azúcar, según se quiera tener vino “bruto” o vino azucarado, de mesa.
Es interesantísimo ver aquellas operaciones y cuando yo saboreaba el delicioso champagne, brilloso y espumante, no me imaginaba que era necesario tanto tiempo para elaborarlo. Acompañamos al señor Floquet a su escritorio y allí nos hizo firmar el libro de oro, donde colocan sus firmas todos los que vinieron a visitar “Pommery”. Entre otras firmas notables estaba la de María de Rumania, la del príncipe Otto, la de Clara Bow, de Walter Disney, con su característico Mickey al lado de su nombre. Encontré también varias firmas de amigos de la Argentina.
Al salir del escritorio de Mr. Floquet donde habíamos probado todas las clases del “Pommery” y donde yo empezaba a tener la vista nublada por tan abundante y sabroso aperitivo, nos encaminamos al gran restaurante del “Lyon d’or” y tuvimos la sorpresa de encontrar al gran cancionista Tino Rossi, que en aquellos momentos hacía furor en Francia y el cual había llegado la víspera para debutar en “Reims”.
Por fin íbamos a visitar la célebre catedral, destruida en parte por el bombardeo de 1.914, pero reconstruida después de los desastres de la guerra. Su elegante silueta se eleva en medio de la ciudad, y a medida que se eleva, su forma gótica va afinándose, como dirigiendo al cielo su pensamiento puro, como espiritualizándose. Su fachada presenta toda una variación de esculturas del siglo XIII y XIV, sus paredes laterales parecen una puntilla de piedra, en el medio de la cual hay unos ángeles que despliegan sus alas. En el interior la auisencia de sus naves laterales dan al plano más claridad y armonía. Todo en aquel templo inmenso y secular inspira devoción y piedad. Sus estatuas rígidas y austeras, pero expresivas, orlan las paredes cubiertas casi totalmente de grandes cristales multicolores.
Luego de echar la última mirada a “Reims”, salimos de esta populosa ciudad para dirigirnos por segunda vez a la “ciudad-luz” y recorrerla de nuevo antes de partir definitivamente para la América del Sur. Pasamos por “Epernay”, admirando en aquella fértil región los viñedos del Marqués de Polignac, que se extienden a pérdida de vista.
Llegamos al pequeño pueblo de “Châtean-Thierry”, la ciudad natal del poeta “La Fontaine”, donde se levanta una estatua del célebre fabulista francés. Pasamos por “Meaux” que oyó en el siglo XVII los famosos sermones del gran predicador Bossnet, y de allí fuimos directamente a París, pasando por “Claye”.
El día había declinado cuando entramos en nuestra querida capital, ya iluminada por todas partes y como siempre, envuelta en su torbellino de fiebre y de vida mundana, siempre atractiva y risueña para los que vienen a mezclarse a su movimiento y a sus encantos.
Teresa Lecroq, 1936.
Por un espléndido camino nos dirigimos a “Nancy” pasando por “Baccarat” y “Lunéville”, dos grandes centros de cristalerías.
Entramos en la gran plaza “Stanislas” de Nancy, según dicen la más hermosa del mundo, no por lo que contiene, pues no hay en ella ni parque ni jardín, ni flores, solo tiene un gran pedestal sobre el cual se eleva la estatua del rey polaco. Es la más linda a causa de las seis grandes puertas de hierro dorado que han levantado desde 6 puntos distintos siguiendo la línea de casas viejas y enormes construidas a su alrededor y como encerrado en aquel centro que han consagrado al Rey Stanislas.
“Nancy” es menos interesante que “Stasburg”, pero por momentos uno se creería en París al mirar sus anchas avenidas bordeadas de árboles. Caminamos un buen rato en el hermoso jardín de la “Pepinierè” vasto y arraglado con gusto. Nos encontramos con la “Puerta” de Nancy construida en el año 1.300!
Después de recorrer sus antiguas calles llenas de monumentos viejos e históricos, decidimos salir para “Verdun”.
Al lado de la coqueta posada del “Cog Ardí” donde habíamos bajado, se eleva un monumento funerario, levantados en memoria de los caídos en la guerra de 1.914. Esta ciudad está aun impregnada de los recuerdos más dolorosos de la última guerra y a sus alrededores se ven por todas partes vestigios de sus batallas; solamente al pronunciar el nombre de esa ciudad, acuden a mi mente la serie de acontecimientos trágicos que llenaron la historia de hechos terribles.
Decidimos emplear la tarde en visitar los fuertes, los campos de batalla y los elementos militares de aquella región, sacudido sin tregua durante el período de la invasión alemana. Comenzamos la “tournée des foros” visitando el de “Meaux”, que nadie ha tocado, desde que terminó la guerra. Un guía nos introdujo en el interior de aquellas galerías subterráneas, construidas por los franceses, donde las paredes húmedas cierran corredores estrechos, donde la luz del día no penetra y el aire se enrarece.
Entramos en un cuarto vacío y frío, hecho para 50 o 60 soldados, pero ocupado durante la guerra por 600 hombres. A estos dormitorios les han dado el nombre de “casmas”. El aumento de este batallón hizo que se produjera una de las más terribles catástrofes: la de la falta de agua. Fue por esta causa que el fuerte de Meaux se perdió en parte, y por lo tanto recuperado por los alemanes. Siguen a este cuarto una capilla, más lejos el cuarto del general que comandaba la división y aun quedan algunas “casmas” tan reducidas como la primera. En ese lugar obscuro, habían sufrido los soldados, las terribles angustias del momento, allí habían padecido hambre, sed, los tormentos de la espera y allí morían mientras oían arriba el ruido de las balas y el estruendo del cañón.
Algo impresionados por la visita a este antiguo cuartel subterráneo, armado para defender el suelo francés, nos dirijamos a un lugar más triste: a la “tranchée des baïonnettes”.
Exteriormente presenta la forma de una galería cubierta por un techo de piedra. >Bajo esa bóveda los soldados franceses habían construido una trinchera y al estallar un obús que los alemanes habían tirado encima, todos los hombres que se encontraban en el foso con sus bayonetas sobre el hombro fueron enterrados vivos por la tierra que se levantó bruscamente y que cayó sobre ellos instantáneamente. Sobre aquella tierra que aun permanece intacta se ven salir a flor de tierra las puntas de los fusiles enmohecidas por el tiempo. Sobre sus cañones penden rosarios viejos que tienen color terroso y que van pudriéndose por la humedad, que seguramente unas viudas desconsoladas han depositado apenas levantaron el monumento funerario.
Después de contemplar este singular cementerio, salimos para visitar el “Ossuaire”. Consiste en un grandioso edificio moderno, alzado en medio de los campos heridos, que extiende sus dos grandes brazos de piedra, para proteger a los muertos, y guardar religiosamente sus restos.
Ante la inmensa fachada del Ossuaire, donde han depositado osamentas de cuerpos encontrados dispersos en la tierra, se halla una inmensa extensión de cruces blancas que cubren aquel suelo como si fuera un campo de espigas extendiéndose hasta perderse de vista.
Confundiéndose con el enorme grupo de cruces, se divisan unas tablas blancas, plantadas verticalmente: son las tumbas de los soldados musulmanes. Aquel enorme cementerio que rodea el Ossuaire donde reinaba un profundo y triste silencio, hacía pensar en las terribles escenas de la guerra que vino a sembrar de luto estos lugares y a cubrirlos de cruces debajo de las cuales yacen los cadáveres gloriosos, muchos desconocidos, no habiendo podido ser identificados.
Siguiendo el camino que nos muestra las regiones invadidas, pasamos por el célebre “ravin de la mort”, una inmensa trinchera que los soldados surcaron detrás de un pequeño monte; la ruta rodea el foso donde tantos franceses no pudieron escapar de la muerte! El terreno de esos lugares es irregular y está sembrado por todas partes de hoyos, producidos por los obuses al tocar éstos el suelo. Al pasar veíamos unos troncos viejos, quemados, cuyas siluetas retorcidas parecían yacer allí y excitar el dolor de los que pasan, allí donde la naturaleza fue violada por las luchas sangrientas que tuvieron la Lorena por teatro. No tardamos en apercibir también los alambres de separación enredados y torcidos, arrancados violentamente del suelo, donde los hilos de comunicación fueron cortados y que ahora se arrastran, mudos de dolor y llorando sobre la tierra que embebió tanta sangre.
Llegamos al “foro de Duaumont”, más importante que el anterior y construido a 7 u 8 metros bajo tierra. Éste es más vasto, más ancho, pero tan húmedo y lúgubre como el fuerte de Veaux.
De tiempo en tiempo apercibíamos algunas “canteras”, montañas donde habían extraído grandes bosque de tierra para construir los fuertes y trincheras.
Sobre la ruta tropezamos con un pequeño monumento, al pie del cual habían depositado algunas piedras. Este monumento indica que en ese lugar existió el pequeño pueblo de “Fleury” del cual solo quedan algunas piedrezuelas. Y así andando, veíamos por doquier los recuerdos vivos de la gran guerra de 1.914 que sacudió terriblemente las provincias del Este.
Volvimos a Verdun pasando por los pueblitos de “Bras” y “Belleville” que fueron totalmente reconstruidos el 1.918; desde aquella ciudad tomamos la ruta en dirección a Reims. El camino es recto encuadrado por un paisaje llano, verdoso, y formado por unas lomas suaves que se pierden insensiblemente, dejando a la ruta su monotonía habitual.
Unos 11 Km. antes de llegar a Reims nos paramos en el fuerte de “Pompelle” el más sacudido y más peligroso. Aun se ven sobre la capa verdosa que lo recubre y que lo disimula, la marca profunda de los obuses, que dejaron por todas partes grandes huellas y se aperciben en él algunos agujeros, hechos para brindar aire a los soldados encerrados. Una profusión de alambrados lo circundan también, todos destruidos y violados.
Al anochecer llegamos a la gran ciudad de “Champagne”, y recorrimos sus anchas calles iluminadas, mientras el movimiento nos distraía de aquellos recuerdos funestos dispersados en los campos de la Lorena.
Antes de recorrer la ciudad para curiosear sus monumentos, nos dirigimos hacia los establecimientos “Pommery-Greno” para visitar sus renombrados sótanos donde se elabora el riquísimo vino que engendra el enorme comercio de “Reims”.
Bajo todo punto de vista esta inspección fue interesante. Nuestros amigos, el señor Calvet y Podestá, grandes directores de casas de vinos, nos habían recomendado de visitar aquellas famosas bodegas donde tantos hombres trabajaban en las producciones vinícolas; y así fue que al nombrarlos, uno de los directores de la fábrica “Pommery”, nos recibió muy amablemente tributándonos una simpática acogida. Este buen señor, a medida que cruzábamos las vastas salas del establecimiento, nos explicaba la evolución de la elaboración del vino.
Antes de demostrarnos la transformación del jugo de la uva, que también se cultiva en la tierra de “Champagne”, insistió en mostrarnos la instalación de ese edificio.
Bajamos a las profundidades de los sótanos, donde se extienden galerías larguísimas y frías, de 18 Km. de longitud y al pisar el suelo, estábamos a 35 metros bajo tierra. Es una verdadera ciudad interior; cada corredor tiene su nombre, como si fueran anchas calles de un pueblo. La primera que apercibimos al entrar fue la calle “Buenos Aires...” (como nuestro amigo era el guía, supongo que fue una gentileza de él).
Lo más curioso es que aquellas galerías subterráneas no fueron especialmente construidas para las bodegas, sino que la naturaleza se encargó de formar esos terrenos con capas calcáreas, y no hubo más que escarbar la tierra para que se formaran en seguida corredores naturales, que tienen la misma temperatura en verano que en invierno.
Durante la guerra de 1914, estando “Reims” invadida y bombardeada por los alemanes, la mayoría de su población se refugió en sus sótanos. Esta gente que alcanzaba el número de 2.000 personas, permaneció allí 4 años sin tener conciencia de lo que pasaba sobre su suelo; y durante la epidemia de fiebre española que hacía estragos en la región, los que se refugiaban allí no sufrieron el menor mal. En aquellas viviendas subterráneas donde hoy se fermentan los vinos, hubo nacimientos, a pesar de la poca cantidad de aire que circulaba, y de la estricta alimentación con que podían proveerse. El edificio exterior fue totalmente destruido, pero los obuses del enemigo no llegaron a tocar las construcciones de “Pommery”.
Para llegar hasta el piso más bajo, descendimos 116 escalones y pudimos contemplar una serie de cajones de fierro donde se conservan las botellas durante 5 años, hasta que el líquido haya depositado los sedimentos que contiene. Otras galerías tienen la pared enteramente recubierta de una capa de botellas. Después que la uva es prensada y separada de la pulpa, el jugo se coloca en barriles y allí es fermentado, es decir, el azúcar del zumo se convierte, por propiedad de la naturaleza, en gas carbónico y alcohol. El jugo resiste a dos fermentaciones. A la segunda se le coloca en botellas, y como ya dije, antes de 6 o 6 años no se lo retira de su cajón, mientras la mano del hombre viene cada día a “remover”· su contenido, para que coloque sobre el corcho las impurezas que tiene.
Pasado este tiempo, se destapan las botellas y al retirar su tapón, sale un chorro de espuma, y con ella los sedimentos, dejando el vino completamente límpido. Se congela luego la espuma restante, y una vez asegurada su congelación se coloca o no el azúcar, según se quiera tener vino “bruto” o vino azucarado, de mesa.
Es interesantísimo ver aquellas operaciones y cuando yo saboreaba el delicioso champagne, brilloso y espumante, no me imaginaba que era necesario tanto tiempo para elaborarlo. Acompañamos al señor Floquet a su escritorio y allí nos hizo firmar el libro de oro, donde colocan sus firmas todos los que vinieron a visitar “Pommery”. Entre otras firmas notables estaba la de María de Rumania, la del príncipe Otto, la de Clara Bow, de Walter Disney, con su característico Mickey al lado de su nombre. Encontré también varias firmas de amigos de la Argentina.
Al salir del escritorio de Mr. Floquet donde habíamos probado todas las clases del “Pommery” y donde yo empezaba a tener la vista nublada por tan abundante y sabroso aperitivo, nos encaminamos al gran restaurante del “Lyon d’or” y tuvimos la sorpresa de encontrar al gran cancionista Tino Rossi, que en aquellos momentos hacía furor en Francia y el cual había llegado la víspera para debutar en “Reims”.
Por fin íbamos a visitar la célebre catedral, destruida en parte por el bombardeo de 1.914, pero reconstruida después de los desastres de la guerra. Su elegante silueta se eleva en medio de la ciudad, y a medida que se eleva, su forma gótica va afinándose, como dirigiendo al cielo su pensamiento puro, como espiritualizándose. Su fachada presenta toda una variación de esculturas del siglo XIII y XIV, sus paredes laterales parecen una puntilla de piedra, en el medio de la cual hay unos ángeles que despliegan sus alas. En el interior la auisencia de sus naves laterales dan al plano más claridad y armonía. Todo en aquel templo inmenso y secular inspira devoción y piedad. Sus estatuas rígidas y austeras, pero expresivas, orlan las paredes cubiertas casi totalmente de grandes cristales multicolores.
Luego de echar la última mirada a “Reims”, salimos de esta populosa ciudad para dirigirnos por segunda vez a la “ciudad-luz” y recorrerla de nuevo antes de partir definitivamente para la América del Sur. Pasamos por “Epernay”, admirando en aquella fértil región los viñedos del Marqués de Polignac, que se extienden a pérdida de vista.
Llegamos al pequeño pueblo de “Châtean-Thierry”, la ciudad natal del poeta “La Fontaine”, donde se levanta una estatua del célebre fabulista francés. Pasamos por “Meaux” que oyó en el siglo XVII los famosos sermones del gran predicador Bossnet, y de allí fuimos directamente a París, pasando por “Claye”.
El día había declinado cuando entramos en nuestra querida capital, ya iluminada por todas partes y como siempre, envuelta en su torbellino de fiebre y de vida mundana, siempre atractiva y risueña para los que vienen a mezclarse a su movimiento y a sus encantos.
Teresa Lecroq, 1936.
Recuerdos de viaje (13)
CAPÍTULO 13: SITIOS ALSACIANOSLa región montañosa que cruzamos, tupida y húmeda, muy silenciosa y serena, inspira la profunda paz de los bosques y el camino grisáceo se pierde entre la frondosidad del follaje. Después de cruzar “Gex” llegamos a 1.300 metros de altitud, sintiendo el sosiego y la grandeza de los bosques.
Mudos de admiración y de alegría, contemplamos desde “Faucilles” el hermoso panorama que se extendía pálido y precioso detrás de las altas cuestas. El frescor que sentíamos nos obligó a bajar, y nos detuvimos en “Morez” para reconfortar nuestras fuerzas y calentarnos los miembros.
Anduvimos un buen trecho en las rocallosas montañas del “Jura” cuyos picos son redondeados, desgastados por la acción del tiempo; y luego cruzamos “Champagnoles” por el camino de “Salius-les-Bains, y al atardecer apercibimos dos fortificaciones a una buena distancia una de otra: llegamos a la tranquila ciudad de “Besançon”.
A medida que desfilábamos ante los paisajes franceses, noté lo que diferenciaba éstos de los suizos; en Francia colocan por todas partes, especialmente en la entrada de las aldeas, grandes avisos o reclames de publicidad que entorpecen la belleza y el encanto de las regiones típicas; en Suiza esto no sucede y por consiguiente ningunas letras rompen el encanto de sus sitios montañosos. Esta ausencia de carteles coloreados y llamativos, da más frescura y nitidez al aspecto.
A 7 Km. de Besançon, cerca del pequeño pueblo de3 “Cálese” se eleva una casa rodeada de grandes pinos: allí habitan unos amigos y allí fuimos a la mañana siguiente cuando todos los campos sembrados comenzaban a inundarse de sol.
¿Qué cosa curiosa había en “Besançon para visitar...?
Lo más indicado para ver es la “Citadelle”, un inmenso y viejísimo fuerte, construido sobre una colina elevada, a la entrada de la cuidad. Sirve de cuartel, y al cruzar sus largos patios y corredores, nos encontrábamos con un grupo de soldados que preparaban la comida de la sena, llegando hasta nuestro olfato un fuerte olor a sopa y a papas cocidas...
Uno de ellos nos acompañó hasta una gran terraza que servía de observatorio y allí dominamos enteramente el hermoso panorama de la ciudad. El “Dompo” la cruza por el medio, serpenteando sus aguas. El día estaba claro y veíamos todos los detalles. Otro fuerte enfrenta el nuestro, elevado también sobre un monte vecino; sobre las dos fortificaciones que se ven al entrar a Besançon, cuando se llega a “Morez”.
Saliendo de la “citadelle” nos dirigimos a la Catedral que fue en parte quemada durante la guerra y luego reconstruida.
Después de atravesar una hermosa región ondulada llegamos a “Belfort” cuando ya la noche estaba muy avanzada. Sentimos el no habernos quedado en Besançon para dormir pues las tinieblas que nos envolvían nos impidieron ver el panorama, y a medida que corríamos sobre la ruta gris, alumbrada por nuestros faros, trataba de percibir en la obscuridad el paisaje invisible.
Bajamos a la mañana siguiente a las calles de “Belfort”, y siendo día domingo fuimos hasta la vieja Catedral de San Cristóbal para oír misa. Ningún turista sale de Belfort sin admirar el “lion” grandioso, que domina la ciudad. Consiste en una inmensa obra escultural, construida sobre la piedra bruta de una gran roca, que representa un león acostado, levantando la cabeza con altivez. Fue elevado en memoria de los caídos en la guerra y desde un cierto punto de la ciudad aquella, enorme fiera que vela por los muertos, iluminada de noche con luces difusas, es un espectáculo imponente y produce un efecto grandioso.
Después de contemplar un buen rato el “león” del “Belfort” nos encaminamos hacia el pueblito de “Angeot” donde nuevamente nos esperaban unos amigos, que nos ofrecieron una amable acogida en un confortable “chalet”.
El día estaba hermoso y a la caída de la tarde salimos a dar un paseo por la gran ruta, para admirar la campiña del “territorio de Belfort”. Aquel terreno es pintoresco porque carece de uniformidad y su suelo ondulado tiene pendientes suaves, cubiertas por el pasto fresco y verdoso de aquella estación. A lo lejos se divisaba un frondoso bosque y yo aproveché de la bicicleta que me prestó una amiga para subir y bajar aquellas cuestas débilmente inclinadas, sobre las cuales la ruta se extiende dando unas grandes vueltas.
En esta región los paisanos son excesivamente pobres; no pueden pagar la mano de obra para sus haciendas y se contentan con cultivar un pequeño trozo de terreno para tener algo de comer. Mientras seguíamos nuestra caminata, vimos pasar un pelotón de ciclistas que seguían una carrera, organizada aquella tarde, y un camión hacía de retaguardia para recoger los que ya desistían. Había ya recogido unos cuantos que miraban sus a compañeros proseguir la ruta con coraje, mientras les caían gruesas gotas de sudor por la frente...
Nos despedimos de nuestros conocidos para emprender la ruta en dirección a “Mulhouse”. Cruzamos otra parte de la provincia de Alsacia, agradable y pintoresca, y cuando se acercaba la noche, llegamos a esa ciudad que fue alemana durante 48 años.
Nos contaban allá, que en Mulhause, o mejor dicho en aquel territorio alsaciano, existe particularmente una mentalidad alemana a causa al régimen al cual estuvieron sometidos sus habitantes durante muchos años; sin embargo a pesar de esto, la Alsacia tiene un gran parecido con el pueblo suizo a causa de sus costumbres, religiones y caracteres. Hoy día Alsacia preferiría ser alemana, como lo ha sido varias veces, que estar bajo el gobierno desorganizado de Francia, el cual, hoy día, tiende a ser “soviético”. Un día para otro, creen que esta provincia va a formar un pueblo separado para no verse tironeada de un lugar para otro, por Francia y Alemania. En esta región se pueden observar muchos tipos de sajones, se oye también hablar la lengua alemana por doquier, y en la calle los carteles son casi siempre inscriptos en el idioma de nuestros amigos del “Rhin”...
Mientras cenábamos estalló una tormenta, y la lluvia comenzó a caer con profusión, lavando las calles de la ciudad, mientras oíamos a lo lejos unos rumores amenazadores.
Pero a pesar de la lluvia, de los truenos y de los rayos, salimos a visitar la ciudad de “Mulhause”. Tiene edificios muy viejos, las cales son amplias pero el empedrado data de muchos años... Observamos exteriormente el templo protestante, y mientras nos refugiábamos bajo un puente de piedra que une dos casas, mirábamos el “Hotel de Ville”, uno de los edificios más hermosos de allí, pero muy raro en su construcción. Sobre su fachada vimos una cosa que nos llamó la atención: una cabeza esculpida de mujer, se halla suspendida por dos cadenas. Un señor amigo que nos acompañaba, nos explicó lo que aquello significaba: en tiempos pasados cunado una mujer calumniaba a su prójimo, se la sujetaba del cuello por dos cadenas de hierro y se la arrastraba por las calles de la ciudad... Hoy día, esta costumbre está en desuso, porque debe ser un suplicio muy violento...
Al pasar delante de una “brasserie”, llamada “Guillaume Tell”, construida en el estilo alsaciano, vimos que colocaron sobre la puerta varios escudos; uno de ellos tenía una rueda de molino y este objeto insignificante, recuerda de qué modo se echaron los cimientos a la ciudad de “Mulhouse”: en tiempos muy lejanos un soldado “galo”, habiendo sido herido, se refugió en un molino aislado donde vivía un paisano con su hija. Éstos lo recogieron en su modesta vivienda prestándole toda clase de cuidados, y el soldado ya restablecido, se casó con la hija del molinero. La familia se fue acrecentando llegando a formar poco a poco un pueblito hasta ser un buen día la ciudad de Lulhause, cuyo nombre quiere decir “mul”= molino, y hause= casa (mul-hause).
Seguimos nuestra caminata a través de las calles resbaladizas y algo enojados con el tiempo, regresamos al hotel.
Para subir al Monte “Víeil Armand” donde se halla un importante cementerio de soldados franceses, muertos en la última guerra, nos encaminamos primeramente hasta “Cernay” y desde allí subimos la montaña del “Harmanfvillerscoff” (Víeil Armand). El camino es espléndido, perdido en un bosque de pinos, pero el tiempo mohíno de aquel día no prestaba ningún brillo a la naturaleza.
Llegamos a la meta donde apercibimos un edificio bajo, moderno, marmoleado, donde se penetra por una gran puerta de hierro, que tiene de cada lado un gran ángel de bronce, como para velar aquella entrada, donde descansan los gloriosos de la guerra.
Penetramos pues en aquel recinto frío, silencioso y húmedo, lleno de inscripciones sobre los blancos muros y lleno también de flores, dispersadas sobre las tumbas. Se lo llama “ossuaire”, porque allí han enterrado las osamentas de los cadáveres encontrados en los campos de batalla.
Detrás de este cementerio, hallábase un campo sembrado de cruces, donde la bandera francesa se eleva en medio bendiciendo a los que murieron por ella. En este cementerio has sido depositado los soldados cuyos cadáveres han sido encontrados enteros. Más lejos se ve una gran cruz negra, y a sus pies las trincheras de los franceses. Hubiéramos querido ir hasta allá, para descubrir el sitio donde tantas vidas humanas se perdieron, pero la lluvia caía persistente y se obstinaba en cortarnos camino.
Qué recuerdo doloroso para aquella provincia ese panteón inmenso donde se hallan aun vivas, las escenas de las últimas luchas que dejaron tantas viudas, tantas familias en la desolación...! Aun no habíamos visto los recuerdos más terribles de aquella guerra, expuestos en los campos de “Verdun” que presenció los combates más sangrientos...!
Bajamos nuevamente la montaña por un hermoso camino que nos condujo a Mulhouse y algunas horas más tarde, en dirección a “Strasburgo”.
Antes de penetrar en esta ciudad nos detuvimos en el grandioso castillo del “Haut-Koëisburgo” situado a 1.400 metros de altitud, donde se domina la gran llanura de Alsacia que fuimos cruzando, para llegar hasta él.
El “Guide Michelin”, un compañero inseparable del turista, nos recomendaba de no cruzar esa región sin ir a ver el antiguo y gracioso pueblito, perdido en aquellos sitios, que perteneció por el espacio de medio siglo a Alemania y que aun guarda muchos vestigios de esa dominación, por sus costumbres y por el dialecto que hablan sus habitantes.
En medio de esa pobre y viejísima aldea, se eleva una gran puerta que une dos casas y que data del siglo XI! Encima de ella han incrustado un enorme reloj y está agujereada por varias ventanitas cuadrangulares, coquetamente arregladas con cortinas cuadriculadas. De esas ventanas, repetidas en todas las otras fachadas, penden hermosos ramos de flores que alegran esas habitaciones derruidas y pobres.
Dirigimos la palabra a varios paisanos que se encontraban allí, pero parecían no entender, y entre ellos hablaban un idioma muy extraño.
Subimos la montaña del “Haut-Koëisburgo” para visitar su castillo implantado en la meta de la misma. Habiendo sido destruido por la guerra y deformado también por la acción del tiempo, esta enorme mansión fue reconstruida de acuerdo con antiguos planes y emplearon 8 años para rehacerla.
Mientras penetrábamos en sus vastas habitaciones un guía nos iba explicando la historia del viejo castillo, muy interesante por cierto, pero sentíamos mucho miedo al vernos en esos enormes patios de piedra, silenciosos como un sepulcro, y al entrar en esas tremendas piezas, obscuras y frías, donde la atmósfera parecía más pesada y las sombras más grandiosas.
Estas piezas ostentaban hermosos muebles de de estilo alsaciano que yo hasta ahora no conocía.
Según la historia, Guillermo II, venía una vez al año en el mes de mayo, para almorzar, pero nadie habitó en él. Fue sin embargo, una importante fortificación durante la guerra. Desde las estrechas ventanas de su torre, donde antaño los guerreros observaban a su alrededor las maniobras del enemigo, pudimos contemplar un hermosísimo panorama, que mostraba la gran llanura (francesa) de Alsacia, donde habían esparcido a la redonda, los típicos pueblitos.
Bajamos el hermoso camino de aquel monte abierto en la espesura de un frondoso bosque,, y después de andar un buen trecho sobre la gran llanura francesa, pasamos por “Celesta” y llegamos a “Strasburgo”.
Nos levantamos temprano al día siguiente para tener tiempo de visitar la ciudad antes de partir definitivamente de aquellos lugares.
Comenzamos por visitar su espléndida catedral, que muestra una sola aguja, majestuosa e imponente, elevándose hacia el cielo y sobrepasando como una afilada flecha el grupo de rústicas casas alsacianas que se hallan a su alrededor. Su fachada es una inmensa puntilla de piedra y sus viejas estatuas denotan un sublime trabajo de artista.
El entrar en su vasto interior uno se siente muy pequeñito al contemplar ante nosotros esa fila de columnas gigantescas y uniformes que se elevan muy altas, hasta perderse en la bóveda del cielo raso.
Un hermoso púlpito llamó mi atención; era esculpido, por lo visto, con una minuciosidad sorprendente. Los cristales de las inmensas rosáceas dejaban pasar la luz del día a través de unos vidrios multicolores, que formaban infinitos dibujos, relativos a la historia santa. Cuando estábamos en esa iglesia comenzaron a tocar el órgano y aquello era una música tan suave y tan agradable, que me hubiera quedado horas enteras para escucharla. Las notas de ese gran instrumento resonaban en las paredes de piedra y de vidrio, causando un sonido dulcísimo. Cuando salimos ya no era el órgano el que oíamos, sino el acompasado ruido de las campanas de la catedral que anunciaban las horas.
Fuimos a echar un vistaza en el barrio de “la vieille France” donde se eleva un grupo de viejas casas, de puro estilo alsaciano, en medio de las cuales se deslizan las corrientes del canal que une el Rhin con el Ródano. Al mirar las construcciones de la Alsacia, me parecía ver las casitas de la Normandía, cuyo estilo, a mi parecer, tiene mucha semejanza.
Salimos de “Strasburg” para dirigirnos a la frontera, levantada por el Rhin y admiramos desde la orilla francesa el aspecto de las regiones alemanas.
El día era hermoso y al bajar por un pequeño sendero que bordea el río, se veía claramente la otra ribera que para todo turista es tan difícil de pisar. El gran puente de Khel atraviesa el Rhin y de cada lado se levantan las banderas fronterizas.
Volvimos sobre nuestros pasos y emprendimos la ruta en dirección a Nancy, parándonos antes en el “Mont Saint Odile” pues no queríamos dejar la hermosa provincia de Alsacia sin visitar el convento de la Patrona de los alsacianos.
Después de reconfortarnos en la posada de “Clos-Saint-Odile” en el pueblo de “Obernai”, ascendimos el plegamiento de los Vasgos, internándonos en una bella región rocosa y típica.
Desde arriba, en el jardín florido del monasterio se contempla el panorama de la llanura, desde una altura culminante, haciéndonos la impresión de estar viajando en avión. Los pueblos se hallan de nuevo esparcidos a cada 7 u 8 Km. de distancia unos de otros.
El convento de Saint Odile data solamente de 1934; en medio de un gran patio cerrado se halla una gran estatua de la Santa. Bajamos nuevamente los Vasgos, contemplando toda aquella naturaleza semi-exótica, toda impregnada de distintos aromas.
Tiene un aspecto muy diferente de aquellas regiones montañosas de los Alpes, y es llamada “la Selva Negra” a causa de la abundancia de árboles que recubre su suelo y no permite a veces, que la luz del sol pase por su espeso follaje.
Solo la ruta iluminada se destaca de esa vegetación como una larga cinta blanca entrelazada en la montaña. A veces parece que han construido en ese palacio de la naturaleza, una larga fila de pilones delgados y simétricos a pocos centímetros de distancia, y todo aquello cubriendo grandes cuestas montañosas hasta extenderse también sobre las cimas y tapar cpon su mando verdoso, las metas desgastadas de estas montañas redondas.
Saliendo de estos lugares algo misteriosos y llenos de encanto, entramos en una región ondulada, verde, sin árboles, semejante a los paisajes suizos donde la presencia de los “chalets” ponen una nota alegre.
Dejamos detrás nuestro, la típica Alsacia y ya entramos en la Lorena, parándonos en la vieja ciudad de Nancy mientras decaía suavemente el día y la noche nos traía su frescor.
Teresa Lecroq, 1936.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
